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Anna Dostoyevskaya y el secreto de un matrimonio feliz

Anna Dostoevskaya, 1871
En el verano de 1865, inmediatamente tras comenzar a escribir Crimen y castigo, Fiódor Dostoievski (11 de noviembre de 1821-9 de febrero de 1881) había tocado fondo. Vido recientemente y atormentado por la epilepsia, se había arrinconado en una posición imposible. Tras la muerte de su hermano mayor, Dostoievski, ya profundamente endeudado por su adicción al juego, había tomado las deudas de la revistas de su hermano. Los acreedores no tardaron en llamar a su puerta, amenazándole con enviarlo a la prisión de deudores. (Una década antes había escapado por los pelos de la pena de muerte por leer libros prohibidos, siendo exiliado, sentenciado a cuatro años en un campo de trabajo siberiano - por lo que el pronóstico de ser encarcelado era insoportablemente aterrador para él). En un acto de desesperación, aceptó vender losd erechos de una edición de sus obras completas a su editor, un hombre llamado Fyodor Stellovsky, por la suma de su deudad: 3 000 rublos, algo más de 70 000 € actuales. Como parte del trato, tendría que producir una nueva novela de, al menos, 175 páginas para el 13 de noviembre del año siguiente. Si no cumplía el plazo, perdería los derechos de su obra, que serían transferido perpétuamente a Stellovsky.

Solo tras firmar el contrato descubrió Dostoievski que su editor, un astuto explotador que solía aprovecharse de los artistas faltos de suerte, se había hecho con los pagarés de la deuda de su hermano por casi nada, usando dos intermediarios para acosar a Dostoievski para pagar la suma total. Enfurecido pero sin recursos, decidió cumplir su contrato. Pero estaba tan consumido terminando Crimen y castigo que pasó casi todo 1866 trabajando en él en vez de escribir El jugador, la novela que prometió a Stellovsky. Cuando llegó octubre, Dostoievski languidecía ante la perspectiva de escribir toda una novela en cuatro semanas.

Sus amigos, preocupados por su bienestar, propusieron un plan de colaboración: Dostoievski sugeriría un argumento, cada uno escribiría una porción de la historia y él solo tendría que pulir el producto final. Pero, siendo un idealista resoluto incluso en sus peores momentos, Dostoievski pensó que era deshonroso poner su nombre al trabajo de otro y se negó.

Solo quedaba hacer una cosa: escribir la novela y hacerlo rápido.

El 15 de octubre llamó a un amigo que enseñaba estenografía, buscando contratar a su mejor pupilo. Sin duda, el profesor recomendó a una joven llamada Anna Grigoryevna Snitkina. (En esa época, la estenografía era una innovación radical y su maestría era tan técnicamente demandante que de los 150 estudiantes matriculados en el programa de Anna, 125 lo abandonaron el primer mes). La veinteañera Anna, que había tomado la estenografía poco después de graduarse del instituto esperando ser financieramente independiente por cuenta propia, se emocionó con la oferta - Dostoievski era el autor favorito de su recientemente fallecido padre y había crecido leyendo sus historias. El pensamiento no solo de conocerlo sino ayudarle en su trabajo la llenó de alegría.

Al día siguiente, se presentó en la casa de Dostoievski a las once y media, "ni más pronto, ni más tarde", como indicó Dostoievski - su expresión favorita, hablando de su rigor. Distraido e irritable, le preguntó una serie de preguntas sobre su formación. Aunque ella respondió a cada una de ellas seriamente y casi secamente, con el fin de parecer lo más profesional posible, él se suavizó durante el curso de la conversación. Para el principio de la tarde, habían comenzado su colaboración en la novela - él, dictando; ella, escribiendo taquigráficamente, luego transcribiéndolo por la noche en su casa.
Anna Dostoevskaya, 1863

Durante los siguientes veinticinco días, Anna iba a casa de Dostoievski al mediodía y se quedaba hasta las cuatro. Sus sesiones de dictado se interrumpían para breves descansos para el té y la conversación. Con cada día, se volvió más amable y cordial con ella, y finalmente se dirigió a ella por su término cariñoso favorito, "golubchik" - ruso para "palomita". Él apreciaba su seriedad, sus extraordinarios poderes de simpatía, cómo su luminoso espíritu disipaba incluso sus malos humores y le alejaba de sus pensamientos obsesivos. Ella se sintió conmovida por su amabilidad, su respeto, cómo tenía un interés genuino en sus opiniones y la trataba como a un colaborador más que una ayuda contratada. Pero ninguno era consciente que su afecto y aprecio mutuo era la semilla de un amor legendario.


En su espectacular memoria de matrimonio, Memorias de Anna Dostoyevskaya, Anna narra una charla profética que tuvo lugar durante una de sus pausas para el té:

Cada día, charlando conmigo como un amigo, desvelaba una escena infeliz de su pasado. No podía evitar más que sentirme profundamente conmovida por sus relatos de las dificultades de las que nunca se había liberado, y de hecho no podía. 
[...]
Fyodor Mikhailovich siempre habló sobre su situación financiera con gran naturalidad. Sus historias, sin embargo, eran tan lastimeras que en una ocasión no pude contenerme de preguntar, "¿A qué se debe, Fyodor Mikhailovich, que siempre recuerda los tiempos infelices? Cuénteme, en cambio, sobre cómo fuiste feliz".
"¿Feliz? Pero no he tenido felicidad aún. Al menos, no el tipo de felicidad con la que siempre soñé. Aún esto esperándola".

No sospechaba que él estaba en ese momento en la presencia de esa felicidad. De hecho, Anna, en su característico impulso de disipar la oscuridad con luz, le recomendó casarse de nuevo y buscar la felicidad en una familia. Ella cuenta la conversación:

"¿Así que crée que puedo casarme de nuevo?", preguntó. "¿Que alguien podría consentir convertirse en mi esposa? ¿Qué tipo de esposa elegiría - una inteligente o una amable?"
"Una inteligente, por supuesto".
"Bueno, no...si tengo elección, elegiré la amable, para que se apiade de mí y me ame".
Mientras estábamos en el tema del matrimonio, me preguntó por qué no me había casado. Le respondí que tenía dos pretendientes, dos personas espléndidas y a las que respetaba mucho, pero no amaba - y que quería casarme por amor.
"Por amor, infaliblemente", me secundó sinceramente. "¡El respeto por sí solo no es suficiente para un matrimonio feliz!".


El último dictado tuvo lugar el 10 de noviembre. Con la ayuda instrumental de Anna, Dostoievski había completado el milagro: había completado una novela completa en veintiseis días. Él le dio la mano, le pagó los 50 rublos acordados - unos 1 300 € actuales - y le agradeció afablemente.
Fiódor Dostoyevski, 1876

Al día siguiente, en el cuadragésimo quinto cumpleaños de Dostoievski, decidió señalar la ocasión doble con una cena de celebración en un restaurante. Invitó a Anna. Ella nunca había cenado en un restaurante y estaba tan nerviosa que casi no fue, pero lo hizo, y Dostoievski pasó la noche mostrándole su amabilidad.

Pero cuando la euforia del logro se disipó, se percató súbitamente que su colaboración con Anna se había convertido en la luz de su vida y estaba devastado por la idea de no volver a verla. Anna, también, se encontró taciturna y triste, su típico óptimismo se hundió con su ausencia. Ella relata:

Me había acostumbrado tanto al feliz trayecto al trabajo, las alegres reuniones y las animadas conversaciones  con Dostoievski, que se habían convertido en una necesidad para mí. Todas mis antiguas actividades perdieron el interés y me parecían vacuas y futiles.

Incapaz de imaginar su vida sin él, Dostoievski le preguntó a Anna si le ayudaría a terminar Crimen y castigo. El 20 de noviembre, exáctamente diez días tras finalizar su primer proyecto, él la invitó a su casa y la saludó con su estado inusualmente emocionado. Caminaron a su estudio, donde él procedió a pronponerle matrimonio de la manera más maravillosa y conmovedora.
Anna Dostoevskaya, 1865

Dostoievski le dijo a Anna que cuál sería su opinión sobre una nueva novela que estaba escribiendo. Pero tan pronto como comenzó a contarle el argumento, se hizo aparente que el protagonista era una versión finamente velada de sí mismo, o más bien él como se veía a sí mismo - un artista afligido de su mista edad, habiendo sobrevivido una dura infancia con muchas pérdidas, afectado por una enfermedad incurable, un hombre "melancólico, sospechoso; poseído por un corazón tierno...pero incapaz de expresar sus sentimientos; un artista con talento, quizás, pero un fracaso que no había logrado en su vida personificar las ideas como las había soñado, y que nunca dejaba de atormentarse por ello". Pero el mayor tormento del protagonista era que se había enamorado desesperadamente de una joven - un personaje llamado Anya, distinguida de la realidad por una sola letra - de quien se sentía indigno; una cortés, sabia y vivaz chica a quien temía no tener nada que ofrecer.

Solo entonces notó Anna que Dostoievski se había enamorado de ella y que estaba tan aterrorizado de su rechazo que tuvo que ocultarse tras un personaje ficticio. "¿Es posible", le preguntó Dostoievski, "que la supuesta heroina de la novela se enamorara de su héroe imperfecto?". Ella relata las palabras del mayor escritor psicológico de la literatura:

"¿Qué podría dar este hombre anciano, enfermo y cargado de deudas dar a una joven, animada y exuberante chica? ¿Su amor por él no implicaría un terrible sacrificio por su parte? Y luego, ¿no se arrepentiría amargamente de unir su vida de esta manera? Y en general, ¿sería imposible para una joven de edad y personalidad tan distintas enamorarse con mi artista? ¿No sería eso psicológicamente falso? Sobre eso quería preguntarte tu opinión, Anna Grigoryevna".
"¿Pero por qué sería imposible? Ya que si, como dices, tu Anya no es simplemente un flirteo vano y tiene un corazón amable y responsable, ¿por qué no se enamoraría de tu artista? ¿Y qué si es pobre y enfermo? De cualquier forma, ¿dónde está su sacrificio? Si realmente lo ama, ¡será feliz, también, y nunca tendrá que arrepentirse de nada!
Me dejé llevar. Fyodor Mikhailovich me miró emocionado. "¿Y realmente crees que podría amarle genuinamente y por el resto de su vida?"
Él cayó, como si dudara. "Ponte en su lugar por un momento", dijo en voz temblorosa. "Imagina que este artista, soy yo; que te he confesado mi amor y pedido que seas mi esposa. Dime, ¿cuál sería tu respuesta?"
Su cara reveló tal profunda verguenza, tal tormento interno, que entendí finalmente que esta no era una conversación sobre literatura; que si le daba una respuesta evasiva, remataría su autoestima y orgullo. Miré a su cara preocupada, a la que había apreciado tanto, y dije, "Respondería que te quiero y te querré toda mi vida".
No intentaré transmitir las palabras tan tiernas y amorosas que me dijo entonces; esas me son sagradas. Estaba atónita, casi abatida por la inmensidad de mi felicidad y durante mucho tiempo no podía creerlo.

Fiódor y Anna se casaron el 15 de febrero de 1867, y permanecieron lócamente enamorados hasta la muerte de Dostoievski catorce años después. Aunque sufrieron dificultades financieras y enormes tragecias, incluyendo la muerte de dos de sus hijos, se apoyaron con amor. Anna se encargó de sacar de su deuda a su esposo convirtiéndolo en el primer autor auto-publicado de Rusia. Estudió meticulosamente el mercado de libros, investigó vendedores, organizó planes de distribución y convirtió a Dostoievski en una marca nacional. Hoy, muchos la consideran la primera mujer de negocios real de Rusia. Pero detrás de su perspicacia en los negocios estaba el mismo tierno corazón enorme que hizo sitio para un hombre brillante con todos sus demonios.
Anna Dostoevskaya y sus hijos

En el epílogo de sus memorias, Anna refleja el secreto de su matrimonio real y profundo, uno de los mayores amores en la historia de la cultura creativa:

Durante mi vida siempre me parecía una especie de misterio que mi buen esposo no solo me quisiera y respetase como muchos esposos quieren y respetan a sus esposas, sino que casi me adoraba, como si fuera algún tipo de ser especial creado solo para él. Y esto no era cierto solo para los primeros años de nuestro matrimonio sino para el resto, hasta su muerte. Considerando que en realidad no me distingo por mi buena apariencia, ni poseo talento ni ninguna sofisticación intelectual especial, y no tengo más que una educación secundaria. Y, aún así, a pesar de todo eso, me gané el profundo respeto, casi la adoración, de un hombre tan creativo y brillante.
El enigma se me aclaró cuando lei la notade V.V. Rozanov a una carta de Strakhov fechada el 5 de enero de 1890, en su libro Exilios literarios. Déjame citar:
"Nadie, ni siquiera un 'amigo', puede hacernos mejor. Pero es la gran felicidad de mi vida conocer a una persona de una construcción totalmente distinta, inclinaciones diferentes, opiniones completamente disimilares que, mientras siempre permanezca siendo él y de ninguna manera imitándonos ni ganándose nuestro favor (como pasa a veces) y sin intentar insinuar su alma (¡y un alma insincera como esa!) en nuestro psique, en nuestra confusión, en nuestro enredo, permanecería como un firme muro, como una revisión de nuestras locuras e irracionalidades, que tienen todos los seres humanos. ¡La amistad yace en la contradicción y no en el acuerdo! En verdad, Dios me otorgó a Strakhov como un maestro y mi amistad con él, mis sentimientos por él fueron como un firme muro en el que sentía que siempre me podía apoyar, o más bien descansar. Y no te deja caer, y te da calor".
Realmente, mi esposo y yo éramos personas de "construcción totalmente distinta, inclinaciones diferentes, opiniones completamente disimilares". Pero siempre seguimos siendo nosotros, sin imitar ni intentar ganarse el favor en ninguna manera del otro, sin intentar inmiscuirse con el alma del otro, ni yo con su psique ni él con el mío. Y de esta manera mi buen esposo y yo, ambos, nos sentimos libres en espíritu.
Fyodor Mikhailovich, que reflejó tanto en tanta soledad en los problemas más profundos del corazón humano, premió sin duda mi falta de interferencia en su vida espiritual e intelectual. Y por lo tanto me decía a veces, "¡Tú eres la única mujer que me ha entendido!" (Eso era lo que valoraba por encima de todo). Me miraba como una roca en la que podía inclinarse, o más bien descansar. "Y no te dejará caer, y te da calor".
Es esto, creo, lo que explica la increíble confianza que tuvo mi esposo en mi y en todos mis actos, aunque nada de lo que hice trascendió los límites de lo ordinario. Eran esas actitudes mutuas las que nos permitió vivir en los catorce años de nuestra vida casada en la mayor felicidad posible para los seres humanos sobre la Tierra. 


Fuente: Getpocket





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