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La temible fiebre lectora del siglo XVIII

Internet, los videojuegos o la música rock. Todos fueron objetos del temor de generaciones de padres que veían como sus hijos se sumían en aficiones carentes de valores que solo servían para pervertir la mente y desperdiciar el tiempo. Quien más, quien menos, la mayoría ha vivido el miedo ante el supuesto peligro moral que suponían. Todos estos fenómenos han sucedido en el transcurso de un periodo menor de un siglo, siendo natural pensar que antes se era más cabal, pero durante el siglo XVIII, otro fenómeno provocaba desasosiego: la novela.

Durante el siglo XVIII se popularizó la novela gracias a la aparición de la publicación comercial y al aumento de lectores. Novelas como Pamela o la virtud recompensada (1740) de Samuel Richardson o Julia, o nueva Eloisa (1761) de Jean-Jacques Rousseau despertaron la imaginación de los lectores, describiéndose su influencia como una fiebre. La crítica se centró en el desarrollo potencialmente peligroso producto de una interacción intensa e íntima entre el lector y los personajes literarios. Se coincidía que la exposición descontrolada a la ficción separaba a los lectores de la realidad, identificándose con los personajes románticos hasta el punto de replicar su comportamiento. La reacción de la juventud europea ante Las cuitas del joven Werther (1774) de Johann Wolfgang von Goethe parecían confirmar el consenso establecido.

Las cuitas del joven Werther es una novela epistolar que narra el doloroso amor de Werther hacia Lotte, quien estaba prometida a otro hombre. Incapaz de aceptar la situación, concluyó que solo podía acabar con su vida. Su rechazo al compromiso y su deseo de morir por amor resonaron en las idealistas y románticas mentes de los jóvenes lectores. Su publicación fue la primera gran sensación europea, siendo traducida al francés (1775), inglés (1779), italiano (1781) y ruso (1788) y republicada en distintas ediciones. A los 12 años de su estreno en Alemania, ya habían 20 ediciones pirateadas. También obtuvo un éxito notable en el otro lado del charco en Estados Unidos, siendo de las novelas más vendidas antes de la guerra de 1812 y teniendo una influencia probada en el público americano.

Toda una generación tomó a Werther como un héroe, memorizando extractos y simulando las pretensiones del personaje. Hombres y mujeres jóvenes lloraban durante semanas por su final. Incluso llegaron a copiar su vestimenta compuesta por pantalones amarillos, frac azul y botas altas. A tal punto llegó la admiración por el trágico personaje que se creó una industria dedicada a crear mercadotecnia enfocada en él: dibujos, grabados y objetos diarios con escenas de la novela, como vasos y platos de porcelana de Meissen. A un comerciante se le ocurrió la idea "eau de Werther" para vender su perfume. El fenómeno duró hasta comienzo del siglo XIX (en la primera mitad en España ya había 9 ediciones del libro). Incluso Napoleón declaró su admiración por la novela, afirmando haberla leído siete veces.

La reacción tuvo el efecto opuesto entre las autoridades y críticos, quienes consideraban que la vívida y compasiva manera en la que Goethe describía la decadencia auto-destructiva de Werther legitimaba el suicidio. Opinaban que la novela era un peligro, especialmente para los jóvenes impresionables. Se la culpó de una epidemia de suicidios entre jóvenes trastornados emocionalmente y con el corazón roto. Las numerosas iniciativas para prohibir la novela hicieron que las autoridades se tomaran estas afirmaciones seriamente. En 1775, la facultad teológica de la Universidad de Leipzig pidió a las autoridades prohibir el libro ya que su circulación incitaría al suicidio. El consejo municipal de Leipzig acordó y citó el aumento de la frecuencia de suicidios como justificación para prohibir tanto la novela como llevar la ropa de Werther. La prohibición se impuso en 1775, manteniéndose hasta 1825. La novela también fue prohibida en Italia y Dinamarca.

El pastor protestante hamburgués Johann Goeze denunció la novela como un "libro atroz", pidiendo su prohibición para proteger la moral pública y evitar que más jóvenes siguieran su ejemplo. El obispo de Milán, católico, compartía sus preocupaciones. Se ha dicho que estaba tan preocupado por el riesgo que representaba Werther para la moral pública que compró todas las copias disponibles de la novela para proteger a los lectores milaneses de su influencia. La incomodidad no estaba limitada a los teólogos y moralistas públicos. Durante el debate de la novela en Suecia, el poeta Johan Kellgren (1751-95) indicó que le preocupaba que se convirtiera en un efecto contagioso por sugerencia y advirtió de la literatura donde las emociones jugaban un papel dominante.

Incluso uno de los representantes más importantes de la ilustración alemana, el escritor y filósofo G.E. Lessing (1751-91), no estaba cómodo con la influencia de Werther en sus lectores. Lessing señaló que disfrutó leyendo el libro pero que sin embargo podía hacer más daño que beneficio.  Lessing estaba inquieto ante el tratamiento compasivo del protagonista y de la forma de su muerte, temiendo que "un joven de disposición similar" pudiera replicarlo. Aunque Lessing tenía una perspectiva diferente a la de los críticos religiosos, todos compartían la desconfianza hacia la habilidad de sus lectores de resistir la influencia de la apología del suicidio de Goethe.

En noviembre de 1784, cinco años tras la publicación de la traducción inglesa, el Gentleman's Magazine publicó la siguiente nota bajo su obituario:
Bruscamente en Chaceside, Southgate, la señorita Glover, hija del difunto Sr.G., anteriormente un importante profesor de danza. Las cuitas de Werther se encontraron bajo su almohada: una circunstancia que merece ser conocida para conseguir, si es posible, derrotar la tendencia maligna de esta obra perniciosa.
La condena de esta obra "perniciosa" y la afirmación por la que tenía la responsabilidad de la muerte de la señorita Glover proporcionaron los cimientos para la construcción de una leyenda sobre la destructiva influencia de la novela en sus lectores ingleses.  Al informar al público sobre una "circunstancia que merece ser conocida", el autor de la nota ayudó a construir la historia que sería integral para el folclore del suicidio.

La nota de la muerte de la señorita Glover incitó inmediatamente a un corresponsal, "Theophilius", a escribir una carta denunciando "las pasiones sombrías y violentas que agitan la mente de un Werther". En las décadas siguientes los rumores de los suicidios cometidos por lectores de Werther circularon a ambos lados del Atlántico. Normalmente, los periódicos describían con detalle el escenario del suicidio de aquellos que llamaron la atención de su muerte agarrándose a una copia de Werther durante sus últimos momentos.

Las historias de suicidios orquestados para destacar las penas de los angustiados lectores adquirieron la posición de mito cultural convincente. Las constantes alusiones a una versión escenificada de un suicidio inducido por Werther fueron acompañados por la repetición de la observación de Madame de Staël (1766-1817), para quien el efecto Werther "había causado más suicidios que la mujer más bella del mundo".

En los Estados Unidos, la campaña de escándalo moral contra Werther ganó fuerza en la década de 1790. Durante la última década del siglo XVIII, las publicaciones americanas informaban regularmente sobre los efectos desbastadores de la novela. En 1798, un contribuyente de una revista semanal de Filadelfia intentó convencer a los vendedores de libros a eliminar el libro de sus estanterías, alegando que se ha probado "la perdición en más de una familia" del estado.  Aún así la novela siguió siendo un superventas en el siglo XIX y sus críticos fueron cada vez más histéricos en sus ataques. Goethe fue acusado de producir una novela que buscaba romantizar el suicidio. Era como si las ansiedades morales de América se sublimaran a través de la reacción a esta novela.

Ya en 1865, el autor alemán J. W. Appel perfiló dos casos de suicidio de lectores de esta novela. En un ejemplo citó el ejemplo de un joven que se suicidó saltando de un edificio alto con una copia de Werther en su posesión. En otro caso proporciona un relato de una madre cuyo hijo se suicidó tras leerlo. Se señaló que la madre dijo "tú también, hijo mío, has subrayado varias partes en Werther". Esto se consideró una prueba concluyente de la relación causal entre leer la obra y el suicidio de un joven.
Se hicieron muchas alusiones en la literatura a la señorita Glover, así como a víctimas sin nombre y a escenarios dispuestos de manera similar, sugiriendo que los informes tenían poco contenido objetivo del que partir. Las historias sobre la epidemia de suicidios eran tan ficticias como la muerte de Werther.

Sin embargo, igual que más recientemente con cierta música y videojuegos en posesión de suicidas y delincuentes, la muerte en presencia del libro de Goethe era una coincidencia que no implicaba causalidad. Incluso es posible que los lectores de Werther se vieran afectados por la polémica en torno a la novela. El propio Goethe lamentó en su autobiografía que tantos lectores sintieran la necesidad de "recrear la novela, y posiblemente dispararse". Aún así, a pesar del alarmismo santurrón, continuó atrayendo un gran número de lectores. Aunque no hay pruebas que indiquen que Werther era responsable del fomento de suicidios, evidentemente tuvo éxito en inspirar a una generación de jóvenes lectores. El surgimiento del que hoy se describe como culto de fans con algunas galas de una joven subcultura son testimonio del poderoso atractivo de la novela.

La asociación de la novela con la desorganización del orden moral representa un ejemplo temprano del pánico en los medios. Los efectos formidables, sensacionalistas y, a veces, improbables atribuidos a las consecuencias de leer en el siglo XVIII proporcionaron recursos culturales en las que se basarían las futuras reacciones al cine, la televisión o internet. En este sentido, la fiebre de Werther se anticipó al pánico de los medios del futuro.

Lo curioso es que el paso del tiempo no ha socavado la asociación de la fiebre de Werther con la epidemia de suicidios. En 1974, el sociólogo americano Dave Phillips acuñó el término "Efecto Werther" para describir la imitación, estimulada por los medios, del comportamiento suicida. No obstante, a pesar de la durabilidad del mito Werther, el pánico en los medios contemporáneos rara vez se centra en las novelas. En el siglo XXI, es más probable que la simplista causa y efecto del modelo del efecto Werther  se exprese a través de las ansiedades morales sobre el peligro del cibersuicidio.

Fuente: Historytoday

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