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La olvidada práctica cristiana de la autocastración

La olvidada práctica cristiana de la autocastración
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domingo, 4 de julio de 2021


Una de las críticas más comunes del cristianismo es que sus dogmas se alejan de las palabras de Jesús y se centran en interpretaciones y corrientes de pensamiento posteriores. Una de las consecuencias de esto es el habitual rechazo del aborto y la homosexualidad. Lo que no es tan conocido es que una de las prácticas antiguas que también acabaron prohibidas fue la autocastración, que favorecía la continencia sexual.

Este hábito se basa en la interpretación de las palabras de Jesús en Mateo 19:12, donde dice:

Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos, que son hechos eunucos por los hombres; y hay eunucos que se hicieron á sí mismos eunucos por causa del reino de los cielos; el que pueda ser capaz de eso, séalo. 

Justino Mártir (100/114-162/168 d.C.) hablaba en Apología sobre un joven que pedía permiso al prefecto romano en Alejandría para ser castrado. Su intención era convencer a los paganos de que la promiscuidad sexual no era un rito secreto entre los cristianos y que algunos renuncian al matrimonio, viviendo en completa continencia. Aunque no le fue concedido el permiso, Justino defiende su intención. Al contrario que Justino, Basilio de Ancira consideraba que este era el camino fácil, pues la necesidad de recurrir a la castración demostraba su propia naturaleza licenciosa. Esta posición coincidía con la expresada previamente en el primer canon del primer concilio de Nicea (325 d.C.). y la obra Constituciones apostólicas del siglo IV. Ambas posturas ejemplifican un cambio de percepción experimentado en los primeros siglos del cristianismo.

El eunuco como ideal cristiano


Sus menciones sugieren que era una práctica marginal, pero la necesidad de combatirla mediante la consideración de herejía indicaba lo contrario. Aunque en el imperio romano eran comunes los esclavos de fuera de sus fronteras o devotos de cultos orientales, como los sacerdotes galos de la diosa Cibeles, que estaban castrados, Domiciano y Nerva la habían prohibido en sus tierras y Adriano impuso la condena capital tanto al castrador como al castrado. A pesar de ello, esto no impidió que hubiera monjes que se castrasen a sí mismos.

La distinción de los eunucos en la sociedad romana no se limitaba a lo físico. Los primeros cristianos lo veían como un emblema de extrema castidad que contrastaba con la conducta de los paganos. Para Atenágoras de Atenas (133-190 d.C.), el eunuco es un símbolo al que se debe aspirar, no físicamente, sino espiritualmente, manteniendo el cuerpo incorrupto y evitando las tentaciones. Además, como en el relato de Justino, era una forma de combatir las acusaciones de los romanos, como las que expresaba Minucio Félix en Octavius:

Introducen en todas partes una especie de lujuria religiosa, una "hermandad" promiscua por el cual la fornicación ordinaria, por medio de un nombre sagrado, se convierte en incesto.

Esta era una acusación frecuente a los grupos religiosos marginales de Roma. No obstante, a finales del siglo II d.C., el bautismo supuso una liberación social para los cristianos, desde la contención absoluta de los ascetas encratitas hasta al supuesto libertinaje de los borboritas y carpocracianos de Alejandría.

Contención extrema en los movimientos ascetas

Esta práctica se observó especialmente en los movimientos ascetas que, además de evitar el matrimonio, se automortificaban. Epifanio de Salamina (310-403 d.C.) describía a los valesianos de Transjordania:

estaban todos cstrados excepto unos pocos...cuando toman a alguien como discípulo, siempre que no haya sido castrado no come carne animal. Pero una vez han sido persuadidos u obligados a ser castrados, luego toma cualquier cosa...No solo disciplinan de esta manera a los suyos, sino que frecuentemente imponen lo mismo a los extranjeros de paso, entretenidos por ellos como invitados.

Según Epifanio, estos valesianos acabarían expulsados de la iglesia. El mismo autor observó en el 377 que en Egipto no eran pocos los monjes que se habían atrevido a convertirse en eunucos. Juan Crisóstomo (347-407 d.C.), quien opinaba que la castración desdeñaba la creación divina, también recriminó a los eunucos de Antioquía. Además agrupó a las sectas dualistas con los maniqueos, a quienes también acusaba de emascularse. Para estos grupos, el mundo material era herético, por lo que era su manera de desconectarse de él.

Críticas dentro de la iglesia


Los dos únicos padres de la iglesia no canonizados, Orígenes de Alejandría (184-253 d.C.) y Tertuliano (160-220 d.C.), criticaban esta práctica. El primero, a pesar de haber sido acusado por el obispo alejandrino de emascularse en secreto, recomendó a los jóvenes no llegar tan lejos en su temor a Dios y deseo de autocontrol. En Comentario sobre Mateo, atacaba la influencia de los textos no cristianos que animaban a los más fervientes a cometer tal temernidad. Uno de los textos que cita es las Sentencias de Sexto, donde se afirmaba que era mejor despojarse de cualquier parte del cuerpo que amenazara el autocontrol, pues era mejor alternativa a convivir con el problema. Además señalaba que, al igual que algunos hombres se deshacían de partes de su cuerpo para que el resto se fortaleciera, también se podría realizar el procedimiento con el fin del autocontrol. También citaba a Las habituales intrigas de lo peor contra lo mejor de Filón de Alejandría, que declaraba que era mejor ser eunuco que enfurecerse por el sexo ilegal. Para Tertuliano, los eunucos estaban relacionados con la concepción dualista de Dios de los marcionistas y encratitas, que denigraban el cuerpo como la conexión contínua del alma con los males del mundo material.

A pesar de ello, tener a un modelo como Orígenes, quien se castró físicamente; a Melitón de Sardes, quien era referido figurativamente como "el eunuco, viviendo plenamente con el Espíritu Santo", o el texto apócrifo Hechos de Juan, donde Juan reprende a un joven cristiano que se había castrado con una hoz, pudo tener el efecto opuesto al deseado. Los ascetas neofitos desconocían los límites de su dedicación a Dios y los versículos de Mateo parecían apoyar la castración.

Una interpretación alternativa


En los primeros siglos, había debate en la interpretación de esos versículos. Por una parte, se encontraban quienes defendían una interpretación más ortodoxa y literal en defensa de una castración física. Por otra, se encontraban quienes aludían a evitar las tentaciones. En ambos casos trataba de ofrecer una alternativa a la sexualidad. Clemente de Alejandría (150-215/217 d.C.) ofrecía una exégesis alternativa, pues interpretaba que defendía una abstinencia de todos los atavíos inmorales del mundo, no solo la abstinencia sexual.

Persistencia tras la condena

Aunque el primer concilio de Nicea y las Constituciones apostólicas no solo prohibían el acceso al clero de los eunucos, sino que también excomulgaba durante tres años a los laicos que se castrasen, la práctica persistió. Dado que el cristianismo difuminó las estructuras sociales clásicas, agrupando a los creyentes bajo el término de cristianos, donde no importaba la procedencia o el sexo, surgía la necesidad de combatir las tentaciones de la convivencia.

Esta convivencia con mujeres, con las que habitualmente se compartía cama, causaba malestar, pues se sospechaba que no se mantenía la virginidad. Por ello, el concilio de Nicea, de Ancira y Elvira prohibían a obispos, sacerdotes u otros clérigos convivir con mujeres que no fueran sus madres, hermanas, tías o personas libres de sospecha. La autocastración permitía vivir con mujeres sin levantar sospecha. 

Basilio de Ancira y Cirilo de Alejandría consideraban esto un engaño, pues ofrecían una falsa fachada de castidad cuando realmente aún sentían deseo. Esta artimaña iba aún más lejos, pues había mujeres que se rapaban, se vestían como hombres y fingían ser eunucos para ingresar en los monasterios. Por razones como estas, Cipriano de Cartago señalaba que ninguna marca corporal podía asegurar la castidad, porque incluso una virgen podía haber pecado con otra parte de su cuerpo.

A pesar de la afirmación de Pablo en Gálatas 3:28, donde todos, sean judíos, griegos, hombres o mujeres eran uno con Cristo, al final la iglesia fijó la diferencia entre sexos y los mantuvo separados, señalando de herejía la autocastración que pretendía servir como signo de continencia entre los convivientes.  La opinión cristiana acabaría adaptándose a la visión romana mayoritaria. Las sectas acusadas de cometer tal práctica serían perseguidas y acabarían desapareciendo en torno al siglo V debido a la intervención de los emperadores romanos. 

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Fuente

  • Caner, D. F. (1997). The practice and prohibition of self-castration in early Christianity. Vigiliae christianae, 51(4), 396-415.
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