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Ejecución Bayanzi, un rito de altos vuelos

Ejecutar reos debe ser una tarea muy tediosa, si no, no hay explicación para encontrar medios tan variados para acabar en un instante con la vida de una persona. Aunque la mayoría tenemos la suerte de no haberlas presenciado, seguro que podemos nombrar unas cuantas sin pensarlo mucho: fusilamiento, garrote vil, ahorcamiento, decapitación, electrocución, etc Algunos señalarían métodos más exóticos como la ejecución por cañón o aplastamiento por elefante. En la historia siempre parece haber alguien macabro que disfruta expandiendo la lista de ejecuciones.

A partir de las expediciones a África del siglo XIX se empezó a describir la llamada "ejecución Bayanzi". Henry M. Stanley, famoso por su frase "Dr. Livingston, supongo" fue uno de los primeros europeos en presenciarla. El etnólogo Walter Hough la describió así:
En la ejecución, se hace que el condenado se siente en un bloque justo detrás de un poste, pasando sus miembros a cada lado. El poste llega a la altura de su barbilla. Sus brazos, piernas y cuerpo están atados a estacas. Un árbol joven y resistente se inclina, teniendo en su extremo un collar suspendido por cables. Este collar se coloca alrededor del cuello de la víctima, produciendo una gran tensión que, cuando el verdugo da el golpe, lanza la cabeza cortada al aire con la fuerza de una bomba. 
La circunstancia que forma parte del tema de este artículo fue presenciado en Noviembre de 1884 en Loukolela por Mr. E.J. Glave. [...] Hasta ahora, como es sabido por el escritor, este es el primer registro de la ejecución Bayanzi o similar que se haya publicado (De una carta fechada en el 9 de junio de 1887). Science. Vol. 9, No. 229. (24 Jun. 1887).
Un par de meses después, Hough escribió:
Notas sobre la etnología de el Congo
Realmente es de mal gusto describir una ejecución, pero la vida allí tiene tan poco valor y la manera de los africanos del Congo de liberar a un hombre de su cabeza tan única que merece una descripción. Para cumplir las exigencias africanas, y para hacer posible decapitar con el arma, se asegura la víctima al asiento y se dobla un fuerte pimpollo y se sujeta por medio de cuerdas y un collar alrededor de su cuello; entonces,mientras su cuello se tensa el verdugo da el golpe y la cabeza cortada es lanzada al aire como una bomba. The American Naturalist, Vol. 21, No. 8. (Agosto, 1887)
E. J. Glave, mencionado por Hough, no escribió públicamente sobre los eventos hasta un artículo en Century Magazine en abril de 1890. Glave, quien por entonces tenía 18 años, era un busca-aventuras a quien habían dejado al cargo del campo Loukolela por el propio Henry Morton Stanley en el río Congo.

Tráfico de esclavos en la cuenca del Cuenca del Congo
Ahora está plantado un poste a diez pies (3 metros) frente a la víctima, de cuya punta están suspendidas, por un número de hilos, un anillo de bambú. El poste está doblado como una caña de pescar y el anillo sujeto alrededor del cuello del esclavo, que se mantiene rígido por la tensión.
Se produce un silencio sepulcral. El verdugo lleva un gorro formado por plumas negras de gallo, su cara y cuello están ennegrecidos con carbón, excepto los ojos, cuyos párpados están pintados con blanca tiza. Las manos y brazos hasta el codo, y los pies y piernas hasta la rodilla también están ennegrecidos. Sus piernas están adornadas abundantemente con anchas tobilleras de metal, y alrededor de su cintura cuelgan pieles de felinos salvajes. Conforme realiza una danza salvaje alrededor de su víctima haciendo amagos con el cuchillo, surge un murmullo de admiración en la multitud reunida. Entonces se acerca y hace una fina marca con tiza en el cuello del condenado. Después de dos o tres pases con el cuchillo, para conseguir el tajo perfecto, proporciona el golpe fatal y con un solo golpe de su afilada arma separa la cabeza del cuerpo. La visión de la sangre lleva a un frenesí de los nativos: algunos perforan salvajemente el tronco tembloroso con sus lanzas, otros lo cortan con sus navajas, mientras que el resto se enzarzan en una pelea por la posesión de la cabeza que ha sido sacudida en el aire por la tensión liberada del pimpollo. Conforme cada hombre obtiene su trofeo, y es perseguido por la ebria turba, el horrible alboroto se vuelve ensordecedor; se untan las caras entre sí con sangre, y las peleas siempre surgen como resultado cuando se usan libremente cuchillos y lanzas. The Century Magazine. Volumen 39, Número 6 (Abril 1890)

Herbert Ward, un compañero de Stanley, escribió una descripción para Scribner's Magazine varios meses antes. No está claro si Ward presenció estos sucesos, pero el texto es tan similar al de Glave (quien fue un testigo según lo dicho por el propio Hough en 1884) que solo se puede asumir que Ward tuvo acceso a las notas de Glaves o las cartas a sus ccontemporáneos(quizás el propio Stanley).
La vida entre los salvajes del Congo
La víctima se colocó en un bloque de madera con sus piernas estiradas frente a él. A cada lado de sus tobillos se coloca una pequeña estaca que lo sujeta firmemente al suelo, sucediendo lo mismo en las rodillas y a los costados, subiendo hasta las axilas. Están firmemente atados entre sí por cuerdas, asegurando la rígidamente el cuerpo en su posición. Entonces se coloca su cabeza en una especie de jaula formada por un anillo atado a su cuello con numerosos hilos unidos a él que se aproximan sobre la cabeza y unidos en un nudo. Un flexible árbol joven está ahora clavado al suelo a unos doce pies (3,66 metros) de la víctima y doblado hacia él hasta que en el extremo se engancha el nudo y todos los hilos alrededor del anillo se tensan y el cuello se estira por la tensión.
El verdugo entonces hace su aparición, escoltado por un joven y una mujer de la aldea, cada uno sosteniendo una hoja de palmera, formando una especie de dosel.  Al llegar a la víctima, se retiran y lo dejan solo. Él lleva un gorro formado por grandes colas negras de gallo; su cara está ennegrecida con carbón hasta el cuello; sus manos y brazos están también ennegrecidos hasta los codos, y lo mismo con las piernas por debajo de las rodillas. Alrededor del dorso viste varias pieles de felinos salvajes. De pie frente a su víctima, hace susp rimeros dos o tres intentos con su cuchillo para dar el tajo adecuado. Entonces, agachándose y tomando una pieza de tiza, puesta allí a propósito, dibuja una fina línea alrededor del cuello y, poniendo un poco de arena sobre sus manos para tener un buen agarre, con un rápido movimiento del cuchillo corta la cabeza del tronco. Hasta poco antes de la ejecución, la aldea entera estaba salvaje con la expectación del suceso. Se podían ver grupos de bailarines, percursionistas, y todo tipo de intrumento musical que se pueda añadir al tumulto. La cabeza, después de la decapitación, es lanzada al aire por la tensión liberada del poste. Scribner's Magazine, Volumen 7, Número 2 (Febrero 1890).
En una biografía de Stanley, "The man who presumed" (1957), el autor, Byron Farwell describe esta misma técnica de ejecución aunque esta vez presenciado por un tercer conocido de Stanley, el teniente Alphonse Vangele, en la estación ecuatorial, cerca del campamento de Glave.

En el mismo pasaje, Farwell relata otra anécdota de Herbert Ward (mencionada arriba):
Herbert Ward, otro de los oficiales de Stanley, registró ver una ceremonia similar. Sin embargo, justo antes de que uno de los esclavos fuera decapitado. un familiar del jefe muerto se acercó al esclavo condenado y le dió un mensaje para transmitir al espíritu del difunto. Y concluyó el mensaje con: "...y dile cuando lo encuentres, que su mayor canoa de guerra, que he heredado, está podrida".
El propio Ward escribió sobre este suceso en su libro "A voice from the Congo" (1910), p. 162.

Aunque es posible que algunos detalles se hayan exagerado o sean falsos, estos testimonios comparten muchos puntos comunes que dan fe de estas ejecuciones. A este debate se le incorpora el misterio sobre la conciencia de la cabeza tras la decapitación. De estarlo, que es algo que puede suceder, durante sus últimos segundos de vida el ejecutado vería como el mundo gira a su alrededor sin poder hacer nada para impedirlo.

Fuente: Xefer

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