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Todo era falso, menos su fortuna

Ida Wood nunca tuvo intención de recuperar el contacto con el mundo exterior, pero el 5 de marzo de 1931, la muerte le obligó. A las 4 de la tarde, la anciana de 93 años hizo algo que no había realizado en los 24 años que llevaba viviendo en el Hotel Herald Square: abrió voluntariamente la puerta, estiró su cuello por el pasillo y pidió auxilio.

 "Doncella, ¡venga aquí!" gritó. "Mi hermana está enferma. Llamad a un médico. Creo que se va a morir".

Durante las siguientes 24 horas varias personas entraron y salieron de la habitación 552: el gerente del hotel, el médico residente del cercano Hotel McAlpin y un enterrador, que llamó a dos abogados del venerable bufete O'Brien, Boardman, Conboy, Memhard & Early. El cuerpo de la hermana de Ida, la señorita Mary E. Mayfield, yacía en el sofá del salón cubierta con una sábana. La habitación estaba cubierta con pilas de periódicos amarillentos, cajas de galletas, bolas de hilo usado, cajas de papel de envolver viejos y varios troncos grandes. Uno de los abogados, Morgan O'Brien Jr., empezó a interrogar a los empleados del hotel, intentando encajar las piezas del puzzle de esta extraña y desaliñada vida.



El gerente dijo que había trabajado en el hotel durante siete años y nunca había visto a Ida Wood o a su hermana fallecida. Los registros indicaban que se había mudado a una suite de dos habitaciones en 1907, junto con la hija de Ida, la señorita Emma Wood, quien murió en el hospital en 1928 a los 71 años. Siempre pagaban sus facturas en metálico. La criada del quinto piso dijo que no había entrado en la suite de las hermanas, convenciéndolas solo dos veces de que entregaran las sábanas y toallas sucias y aceptar unas limpias a través de la rendija de la puerta. Un botones dice que tuvo por costumbre durante mucho tiempo el golpear la puerta una vez al día y preguntar a las damas si querían algo. Siempre pedían lo mismo: leche evaporada, galletas, café, panceta y huevos - que eran cocinadas en una cocina improvisada en el baño - y ocasionalmente pescado, que comían crudo. Ida siempre daba 10 centavos de propina, contándole que el dinero era lo último que le quedaba en el mundo. De vez en cuando, solicitaba tabaco de Copenhague, puros habanos y tarros de vaselina que Ida se untaba en la cara durante horas cada día. Medía 1,5 metros y pesaba poco más de 30 kilogramos, casi sorda y doblada como un signo de interrogación, pero su cara aún era una prueba clara de su antigua belleza. Por otra parte, llevaba años sin bañarse.
Herald Square (1907)
Mientras el enterrador preparaba el cuerpo de su hermana a unos pocos metros, Ida Wood se volvió habladora. Dijo que era una célebre belleza en el sur y una importante mujer de alta sociedad en el norte. Su marido era Benjamin Wood, hermano de Fernando Wood, antiguo alcalde de Nueva York y congresista perpetuo. Tenía, a pesar de sus quejas al botones, una buena cantidad de dinero escondido en su dormitorio.

Al principio pensaban que estaba senil.

O'Brien llamó a su viejo padre, quien confirmó al menos parte de su historia. Cuando era un abogado en la década de 1880, dijo, conocía a Ida Wood bastante bien, tanto profesionalmente como socialmente. Había sido conocida tanto por su belleza como su olfato por los negocios, y de hecho era la viuda de Benjamin Wood, antiguo propietario del New York Daily News y hermano del alcalde. Dudaba que estuviera en la miseria y animó a su hijo a tomar el caso sin importar su capacidad de pago.

El joven abogado aceptó y comenzó a mirar las finanzas de Ida. Un representante de Union Pacific reveló que las hermanas poseían 175.000 dólares en acciones y que no habían cobrado sus dividendos durante doce años. Examinando la venta de el New York Daily News, O'Brian descubrió que Ida lo vendió en 1901 al editor de New York Sun por más de 250.000 dólares. Un viejo conocido informó que había vendido todas sus posesiones que había adquirido con el paso de los años - muebles, esculturas, tapices, pinturas al óleo. Un oficial de Guaranty Trust Company recordó que Ida volvió al banco en 1907, en la cumbre del pánico financiero, pidiendo el saldo de su cuenta en metálico, cerca de un millón de dólares, y que lo metiera todo en una bolsa. Declarando que estaba "cansada de todo", se alojó en el Herald Square Hotel y desapareció, borrándose efectivamente de su propia vida.

Ida visitó por primera vez Nueva York en 1857, cuando tenía 19 años y determinada a convertirse en alguien. Escuchó los cotilleos y estudió las páginas de sociedad, descubriendo menciones frecuentes a Benjamin Wood, un hombre de negocios y político de 37 años. Sabiendo que sus caminos nunca se cruzarían con el devenir típico de sus vidas, le dedicó una carta de papel azulado:

28 de Mayo de 1857
Sr. Wood -Sir
Habiendo oído hablar de usted a menudo, me aventuro a dirigirme a usted tras oír a una joven señorita, uno de sus "antiguos amores", hablar de usted. Dice que es aficionado a las "caras nuevas". Imagino que como soy nueva en la ciudad y en "affairs de coeur" podría contraer una agradable cita con usted; tan larga como desee tenerla. Creo que no tengo mal aspecto ni soy desagradable. Quizás no sea tan guapa como la señorita con la que te encuentras, pero sé un poco más, y como dice el dicho: "el conocimiento es poder". Si desearas una entrevista, escríbeme una carta a No. Broadway P O New York declarando a qué hora podemos encontrarnos.
Aunque Benjamin Wood estaba casado con su segunda esposa, Delia Wood, deseaba una entrevista y se sorprendió gratamente al encontrar que no era para nada desagradable. Ida era una chica delgada con melena negra y ojos lánguidos y tristes. Ella le dijo que era la hija de Henry Mayfield, un agricultor de azúcar en Louisiana, y Ann Mary Crawford, descendiente de los condes de Crawford. Ida se convirtió en su amante de inmediato, y en su esposa diez años más tarde, en 1867, cuando Delia murió. Tuvieron una hija, Emma Wood, a la que adoraban. Nadie se fijó que nació antes de que se casaran.
Benjamin Wood
Como consorte de Benjamin Wood, Ida tenía acceso a la élite social y cultural de Nueva York. Bailó con el Príncipe de Gales durante su visita a la ciudad en 1860. Menos de un año después conoció a Abraham Lincoln, quien se detuvo en Nueva York en su camino de Illinois a Washington como presidente electo. Los periodista la llamaban "la bella de Nueva Orleans" y admiraban el "bello plumaje y frágil belleza que la hicieron notable incluso en la época del parasol". Cada tarde en torno a las cuatro, atendida por dos lacayos, iba a dar un paseo en carruaje en busca de Benjamin en el Manhattan Club. Él salía directamente de allí y se le unía. Ella se sentaba con rigidez junto a él, inclinando su parasol contra el Sol conforme recorrían la Quinta Avenida.

Hubo una brecha significante entre ambos: Ida sobresalía en el ahorro, pero Ben gastaba sin cuidado y era un jugador ávido. Jugaba a las cartas por sumas muy altas, incluso apostando el Daily News; por suerte, ganó esa mano. A veces escribía cartas a Ida pidiendo perdón a Ida por sus hábitos con el juego, firmando: "desafortunadamente para ti, tu marido, Ben". El día siguiente, estaría de vuelta en la sala de juego de John Morrisey en bajo Broadway, donde ganaba y perdía grandes sumas en la ruleta. Una vez despertó a Ida y extendió 100.000 dólares sobre su cama, insistiéndole frívolamente que lo contara.

Ida ideó métodos para tratar con la adicción de Ben, esperando con frecuencia fuera del club para que, si ganara, le diera en mano su parte. Si perdía, le cobraba por hacerla esperar. Ella prometió no interferir con sus apuestas siempre que le diera la mitad de lo que ganara y se quedara con las pérdidas. Cuando murió en 1900, el New York Times escribió: "Se decía ayer que el Sr. Wood no poseía bienes inmuebles y que su propiedad personal era de poco valor", una afirmación correcta dado que todo lo que poseyó estaba entonces a nombre de Ida.

Durante la reconstrucción de la agitada vida de Ida, O'Brien envió otro miembro de su bufete, Harold Wentworth, de vuelva al Hotel Herald Square. Harold compraba rosas frescas a Ida todos los días. A veces en una lata con agua; otras veces arrancó los capullos y los lanzó por encima del hombro. La firma también contrató dos detectives privados para ocupar la habitación de al lado y vigilarla durante las 24 horas. Mientras Ida fumaba uno de sus finos cigarros, se untaba la cara con vaselina y se quejaba de que no oía. Harold le gritó sobre los cheques de dividendos sin cobrar, el dinero acumulado, la posibilidad de que le robaran y de cómo debería dejar a la criada entrar a limpiar.

Aunque Harold intentó ser discreto, se filtró la noticia del rico recluso de Herald Square. Un día un hombre llamado Otis Wood llegó a la oficina del bufete, identificándose como hijo de Fernando Wood y sobrino de ida, diciendo que le gustaría ayudarla. El bufete los tomó a él, sus tres hermanos y varios de sus hijos como clientes. Poco después, apareció el hijo del primer matrimonio de Benjamin Wood y algunos de sus hijos y contrataron su propio bufete, Talley & Lamb. Todos acordaron que la mejor manera de ayudar a Ida era declararla incompetente, siendo así en septiembre de 1931.

Con la ayuda de dos enfermeras, y en presencia de miembros de ambas ramas de la familia Wood, Ida fue desplazada a un par de habitaciones por debajo de la que había ocupado durante tantos años. Lloró conforme la bajaban. "¿Por qué?" preguntó, "Puedo cuidarme yo misma". Su vieja suite fue registrada y dentro de una vieja caja de zapatos encontraron 247.000 dólares en metálico, la mayoría en billetes de 1000 y 5000 dólares. Pensaron que eso era todo hasta que al día siguiente, cuando la enfermera rebuscó en el brazo del vestido de Ida mientras dormía, encontró un bolsillo de hule con 500.000 dólares en billetes de 10.000.

El día siguiente examinaron los 54 troncos de Ida, algunos almacenados en el sótano del hotel, otros en un almacén en la parte alta. Dentro había rollos de finos encajes de Irlanda, Venecia y España: gran cantidad de exquisitas vestidos, collares, relojes, brazaletes, tiaras y otras joyas con gemas incrustadas: algunos certificados de oro por 1000, 5000 y 10000 de hasta la década de 1860: un bastón de ébano con empuñadura de oro (una reliquia familiar de Wood regalo del presidente James Monroe), y una carta de 1867 de Charles Dickens a Benjamin Wood. Cada tronco fue llevado al Harriman National Bank, donde el contenido se guardó en unas cámaras. En una vieja caja de galletas rancias, descubrieron un collar de diamantes valorado en 40000 dólares. Desenterraron el ataúd de su hermana y el enterrador inspeccionó su contenido, pero no había nada más que los restos de Mary Mayfield. No había mucho más que hacer más que esperar que Ida se muriese.

En eso, como en todo, Ida fue muy cabezota. Los periodistas, sin conocer aún a los hermanos Homer y Langley Collyer que vivían en una miseria similar en Harlem, se adentraron en su habitación. Su mente vagaba entre el pasado y el presente, pero siempre sospechosa y alerta. Cuando las enfermeras le traían comida, preguntaba: "¿Cuánto cuesta?". Si la respuesta era más de un dólar, la apartaba y decía: "Es demasiado. Llévatela. No me la comeré". Varias veces, cuando las enfermeras no estaban mirando, se arrastraba a la ventana parcialmente abierta y gritaba: "¡Ayuda!¡Ayuda! Soy una prisionera. ¡Sacadme de aquí!". Otras veces trataba a las enfermeras como confidentes, contándoles lo que creía que eran apreciados recuerdos: "Soy una Mayfield. Solían deletrearlo M-a-i-f-i-e-l-d en la buena y vieja educación, sabes. Crecí en la ciudad de Nueva Orleans, una ciudad maravillosa...Mi madre tuvo una buena educación, sabes. Hablaba alemán, español e italiano, y quería ser más educada, por lo que me envió a un internado en Nueva Orleans".

Empezaron a surgir cartas de sus parientes del sur, los Mayfields, pero Ida veía muy poco para leerlas. Los Crawford también competían por su atención, todos listos para probar que pertenecían a una rama de los Condes de Crawford. Una carta llamó a Ida como "Querida Tía Ida" y le prometió cuidarla. Ella afirmó ser la "hija de Lewis Mayfield". La enfermera que leyó la carta a Ida le preguntó si conocía al remitente, e Ida respondió que nunca había oído de ella. En total, 406 personas afirmaban ser sus herederos.

Para entonces Ida también esperaba a la muerte. No se molestaba por vestirse, llevando su camisón y zapatillas harapientas todo el día, y dejó de intentar evitar que le tomaran la temperatura. No le quedaba nada de la exquisita fantasía que había creado, una que, al menos para su mente, le pareció más y más cierta con cada año que pasaba. Solo después de morir, el 12 de marzo de 1932, los abogados y supuestos familiares desentrañaron el misterio de su vida: su padre no era Henry Mayfield, importante agricultor de azúcar, sino Thomas Walsh, un pobre inmigrante irlandés asentado en Malden, Massachusetts en la década de 1840. Su madre tenía poca formación formal y se crió en los suburbios de Dublín. El nombre real de Ida era Ellen Walsh, y cuando era adolescente adoptó el apellido Mayfield porque le gustaba como sonaba. Su hermana Mary también tomó ese nombre. Emma Wood, su hija con Benjamin Wood, no era su hija, sino su otra hermana. Su esposo nunca desveló sus secretos.

Hacia el final, cuando se bajaron las persianas y las cortinas de encaje hechas jirones, Ida compartió su último recuerdo. Cuando era joven, vio un cartel en un escaparate: "Te contamos tu futuro y fortuna". Ahorró dinero para una consulta. En una sala lúgubre, la vieja vidente gitana recorrió la palma de sus manos con sus dedos ásperos y le dijo con tono dulce: "Cariño, vas a ser una chica muy afortunada. Vas a casarte con un hombre rico y conseguir todo lo que quieras de esta vida". Ida creyó que era cierto, y eso, al menos, no se lo pudieron quitar.

Fuente:Smithsonian mag

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