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¿Los antiguos conocían las zonas horarias?

La medición del tiempo aprovechó los movimientos del Sol para determinar el momento del día. El uso de este método no carecía de contratiempos, nunca mejor dicho. Por una parte, porque no podía usarse de noche y, por otra, porque si se dividían en horas, su duración variaba en verano y en invierno. Aunque las clepsidras y relojes de arena solventaban el uso nocturno, la duración variable de las horas permaneció, al menos en el mundo romano.

Ahora bien, aunque solventaran estos percances, al medir la hora respecto al Sol mantenían el problema de las zonas horarias. Pero, ¿eran los antiguos conscientes de estas diferencias? Hiparco de Nicea (190 a.C.-120 a.C.), geógrafo, astrónomo y matemático griego, basándose en la obra de Eratóstenes de Cirene (276 a.C.-194 a.C.), quien había cartografiado las tierras conocidas y calculado su circunferencia, así como en la aritmética caldea, propuso usar una cuadrícula para calcular la posición de las ciudades, entre otros lugares. Esto implicaba que conocía la longitud. Para ello se valió de las diferencias entre el comienzo y final de los eclipses en distintos lugares, pudiendo ser de los primeros en usar la trigonometría esférica en sus cálculos. Por supuesto, se encontró con problemas, ya que los métodos de medición del tiempo no eran totalmente precisos.

Marciano Capella (360 d.C.-428 d.C.) no solo reconoce las diferencias en las horas a las que se pueden ver un mismo fenómeno astronómico, sino que responde a una cuestión que ha vuelto a ser actualidad como es la creencia de la Tierra plana.
Ahora, si la opinión de Anaxágoras [que el ascenso y puesta de las esferas celestes prueba que la Tierra es plana] fuera cierta, los cuerpos celestes, al ascender sobre el horizonte, serían visibles para los habitantes de todas las tierras al mismo tiempo y, al ocultarse bajo el horizonte, serían capaces de cubrir todas las tierras con oscuridad en una puesta. En ese caso la observación del bardo romano sería polémica cuando dice: "o tal vez alternando, cuando se huye de aquí la aurora, allá la luz los baña y luego, al resoplar de los bridones del sol en nuestro oriente, rojo al Véspero enciende allá su lámpara tardía" (Virgilio, Geórgicas I.250-1). Aparte, todas las noches y días se corresponderían, sus intervalos y horas siempre serían iguales, y en ninguna parte de la tierra serían visibles algunas estrellas mientras otras están oscurecidas [...]
Para aquellos que duden de la esfericidad de la Tierra, hay pruebas adicionales en el hecho de que los eclipses de Sol y Luna que ocurren en el oeste no son vistos por los habitantes del este, y, similarmente, los habitantes de Bretaña y las tierras occidentales no son conscientes de los eclipses que ocurren en el este. En las regiones intermedias, las horas entre los eclipses varían por horas. Servius Nobilis [lectura errónea de serius nobis illi en Plinio] informó que, en la victoria de Alejandro Magno en Arabia, la Luna fue eclipsada mientras comenzaba a ascender. Un eclipse de Sol tuvo lugar durante el consulado de Bipstanus y Fonteius, el 21 de abril, fue visto en Campania a la séptima hora y se verificó que ocurrió en Armenia durante la undécima hora del mismo día. Estas discrepancias son el resultado de la superficie inclinada de la Tierra esférica.
Marciano Capela, Las nupcias de Filología y Mercurio, 6.592-4
Beda (672 d.C.-735 d.C.), citando a Agustín, proporciona un ejemplo más sencillo:
El día es aire que es alumbrado por el Sol, y deriva su nombre del hecho que separa y divide la oscuridad. Porque, en el propio comienzo de la Creación, la oscuridad se situaba sobre la faz del abismo, y Dios dijo: Que se haga la luz. Y hubo luz, y Dios llamó a la luz "día".
La palabra se define de dos maneras, es decir, según el habla común y según su [significado] apropiado. En conjunto, la gente común llama a la presencia del Sol sobre la Tierra "día". Pero propiamente dicho, un día engloba 24 horas, es decir, un circuito del Sol iluminando el globo completo. [El Sol] siempre y en todos los lugares lleva luz diurna a su alrededor, y se cree que nace bajo la Tierra por no menos espacio de aire que el que hay por el día sobre la Tierra. Esta afirmación basa su autoridad en gran parte de la literatura tanto cristiana como secular, pero solo necesitamos presentar el testimonio de un Padre, Agustín. En el segundo libro de preguntas sobre los Evangelios, explicando la suma de setenta y dos discípulos según su significado figurativo, dice, Tal como el globo entero es atravesado e iluminado en 24 horas, también el misterio de la iluminación del globo a través del Evangelio de la Trinidad está sugerido por los 72 discípulos. Ya que 24 veces 3 es 72. El mismo [Agustín] dice en el primer libro de La interpretación literal del Génesis: ¿Podría decirse que aunque la obra de Dios fue concluida rápidamente, la luz permanecía sin una noche para seguirla mientras continuara el intervalo diurno, y que la noche que sucedía sobre la luz permanecía hasta que había pasado el intervalo de tiempo nocturno y llegaba el alba del segundo día, cuando terminaba el primer día? Pero de decir esto, temería ser ridiculizado tanto por aquellos cuyo conocimiento es certero y por aquellos que pueden percibir fácilmente que cuando la noche está con nosotros, la presencia de la luz ilumina aquellas partes del mundo en que el Sol pasa entre su puesta y su ascenso. Y por esta razón, a través del circuito completo del globo, no deja de haber día en un lugar y noche en otro por todas las 24 horas.
Beda, Sobre el cómputo del tiempo, 5
Imagen basada en el grabado de Bernard Picart, donde los peruanos hacían ruido y golpeaban a los perros para que ladraran con el fin de alejar el eclipse

La tendencia se mantiene durante la Edad Media:
Las tablas planetarias compuestas por el maestro Roger para el meridiano de Hereford, en el año de la encarnación del Señor 1178, tras el eclipse que ocurrió en Hereford ese año. La conjunción del Sol y la Luna, por la que ocurrió el eclipse, también aconteció en Arin tras 12 días de septiembre y 15 horas y 54 minutos, en Marsella, tras los 12 días de septiembre y 12 horas y 54 minutos, en Toledo tras 12 días de septiemre y 11 horas y 1 minuto, en Hereford tras 12 días de septiembre y 11 horas y 30 minutos. De ahí entre Arin y Marsella hay 45 grados, eso son tres horas; entre Marsella y Toledo hay 16 grados, sc. una hora y un 1/15 de una hora; entre Marsella y Hereford 21 grados, sc. una hora y 2/5. Entre Toledo y Hereford 5 grados, sc. 20 minutos de una hora que son una tercera parte de una hora. Desde donde la longitud de Arin es 90 grados, la longitud de Toledo será 29 grados, Marsella 45, Hereford 24 grados. Hereford es por tanto la más remota por 66 grados, sc. 3 horas y 1/3 y 1/15 de una hora.
Roger of Hereford, Tabulae astronomicae ad meridiem Herefordie, London, BL, Arundel 377, fol. 86vº;
La Divina Comedia  (1321) no solo sirvió para inspirar cálculos geográficos y arquitectónicos, sino que en Purgatorio se refleja las diferencias horarias:
Ya estaba el sol al horizonte junto,
que cubre con su cerco meridiano
Jerusalén en su más alto punto.

La noche, opuesta en círculo lejano,
sale del Ganges con la fiel Balanza,
que al levantarse el sol cae de su mano;
Dante Alighieri - Divina Comedia. Canto Segundo, antepurgatorio. 1-8
Antonio Pigafetta (c. 1480- c. 1534), llamado el Lombardo, escribió en su diario sobre su viaje con Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano alrededor del mundo, reflejando, esta vez sin intervención de eclipses, la diferencia horaria.
El miércoles 9 de julio dimos en una de las tales [islas], la que denominan San Jacobo, y en seguida largamos la falúa a tierra, para avituallar. Con esta invención: decir a los portugueses que se nos había roto el trinquete bajo la línea equinoccial (callándonos que fue tan cerca del cabo de Buena Esperanza), y que, mientras reparábamos, nuestro capitán general, con las otras dos naves, había regresado a España.
Reiteramos a los de la falúa que, una vez en tierra, preguntaran en qué día estábamos; dijéronles los portugueses que jueves para ellos, y se maravillaron mucho, pues para nuestras cuentas era miércoles sólo y no podían hacerse a la idea de que hubiéramos errado. Yo mismo había escrito cada día sin interrupción, por no haberme fallado la salud. Pero, como después nos fue advertido, no hubo error, sino que, habiendo efectuado el viaje todo rumbo a occidente, y regresando al lugar de partida (como hace el Sol, con exactitud), nos llevaba el Sol veinticuatro horas de adelanto, como claramente se ve.
Dado que los cálculos para la longitud y los eclipses nunca fueron exclusivos de las culturas europeas, se puede deducir que también eran conscientes de las diferencias horarias, aunque la barrera del idioma limite la posibilidad de aportar ejemplos.

El uso de los husos horarios como tal sentaría sus bases en la adopción del tiempo estándar el 1 de diciembre de 1847, siendo utilizada por las compañías de ferrocarril. La primera de ellas fue Great Western Railway en 1850, que cubría el trayecto de Londres a Bristol. Aunque la diferencia de tiempo entre una ciudad y otra es de apenas 10 minutos, su conocimiento permitía tanto mantener la puntualidad como evitar una colisión de trenes.

Aunque el matemático italiano Quirico Filopanti propuso un sistema mundial de zonas horarias en su libro Miranda (1858) con el meridiano en Roma, su idea pasó desapercibida. Fue a partir de Sir Sandford Fleming en 1879 cuando se tomó la idea en cuenta, determinando que el día comenzaría en el anti-meridiano de Greenwich.

Fuentes:

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