Cómo los relojes cambiaron el mundo
Hasta la Edad Media, la jornada laboral tan solo estaba acotada por la noche, pues no solo se perdía visibilidad, sino también seguridad. De esta manera, eran más largas en verano que en invierno. Cuando se inventó el reloj, cuya campana marcaba con precisión las horas, cambió el paradigma que trajo conflicto y ansiedad.
Reparto del tiempo
La posición del astro rey marcaba el comienzo y final de la jornada laboral de la mayoría(1). Al igual que quienes trabajaban lo mismo todo el año, como por ejemplo las esposas y madres, había otros que trabajaban por la noche, como las hilanderas, que podían ser explotadas, y los herreros encargados de reparar las herramientas agrícolas. No obstante, esta norma cambiaría con la invención del foliot en el siglo XIII, responsable de la creación de los primeros relojes totalmente mecánicos. El día y la noche finalmente se dividieron equitativamente y, a diferencia de otras herramientas anteriores de medición del tiempo, no había que mirarlas. Entonces, los relojes no tenían diales, sino que marcaban el paso de las horas con una campana y, con aquellas de la iglesia o catedral, se podía asegurar que estuvieran relativamente sincronizados. De esta manera se podía estipular con precisión los horarios de trabajo y la disponibilidad de los servicios al público.
Reacción de los trabajadores y patronos
Los empleados eran los principales interesados en contar con estos relojes, pues así podían negociar sus horas de trabajo. A menudo, quienes más exigían eran quienes trabajaban con pieles. Por ejemplo, en 1315, los aprendices de batanero de Arrás, Francia, demandaron trabajar más para incrementar su salario. En cambio, en París, en 1395, albañiles, carpinteros, lavanderos, bataneros, tejedores de lino y algodón exigieron ajustar su jornada laboral a horas concretas y recibir el pago del día, pero el preboste les respondió que la jornada era desde la salida hasta la puesta del Sol.
También hubo trabajadores que se oponían a regirse por los relojes y eran multados. Sirvan de muestra los tejedores de Ghent, que el 6 de diciembre de 1349 obtuvieron permiso de los ediles de trabajar las horas que ellos determinaran, o en Thérouanne, donde el cabildo y el decano prometieron a los trabajadores, bataneros y otros mecánicos el 16 de marzo de 1367 que el reloj no volvería a molestarles.
Otra situación que se daba era quienes trabajaban fuera de su horario, como un espolero de Londres que, durante los primeros años del reinado de Eduardo I (1274-1307), no cumplió el juramento del gremio de no fabricar espuelas por la noche y fue expulsado de la iglesia y excomulgado hasta que lo cumpliese. Las regulaciones del siglo siguiente restringían la labor nocturna de espoleros y herreros por el ruido que generaban, la peor calidad del trabajo nocturno y por pasar el día ociosos, bebiendo hasta comenzar su jornada, con el peligro de provocar un incendio.
El tiempo es oro
Los empleadores comprendieron que el valor del tiempo, por lo que, si se acordaba trabajar un número de horas, no se podía vaguear, pues se pecaba de pereza o, a veces, de otros pecados capitales. Siguiendo la misma premisa, los banqueros y prestamistas fueron considerados ladrones de tiempo, que tan solo pertenecía a Dios, obteniendo beneficios vendiendo algo que no les pertenecía, sin ganarse el pan con el sudor de su frente (Génesis 3:19). En este momento, se despreció a aquellos que trabajaban por la noche, en días de descanso o de fiesta de manera similar a como hoy se podría hacer con los esquiroles. Por lo tanto, que banqueros y prestamistas siguieran ganando beneficios mientras descansan, en domingo o sabbat los exponía a las críticas. Lo mismo ocurría a los comerciantes, que con su individualismo y su ansia de exprimir todo el tiempo posible para ganar más, se oponían al bien común y la preocupación por el prójimo.
Control secular del tiempo
El control del tiempo dejó de ser exclusivo de la iglesia. Instalar relojes que todos pudieran oír se convirtió en una necesidad que los cabildos seculares debían satisfacer para la vida ordenada de las ciudades. Secundariamente, no todos los relojes eran iguales y si podían gastarse un poco más para ser la envidia de otras ciudades, se hacía el sacrificio. Por contra, podía convertirse en un botín de guerra, como hizo Luis II de Flandes quien, tras vencer en la batalla de Roosebeke en 1382, desmanteló el reloj con jacquemart (tañidor) de Cortrique y se lo llevó, colocándolo sobre la torre de la iglesia de Nuestra Señora de Dijon.
Memento mori en el bolsillo
En el siglo XV, poseer un reloj personal era un símbolo de posición. El rey Luis XI de Francia (1461-1483) adquirió un reloj con dial, que marcaba las horas, a Jehan de París, y hacía que se lo llevasen en sus viajes. Francisco I de Francia (1515-1547) tenía en 1518 relojes en las empuñaduras de dos dagas. Isabel I de Inglaterra (1558-1603) tenía un anillo con reloj y alarma. Mucho más tarde, Samuel Pepys (1633-1703) se enorgullecía del que adquirió en 1665, pues seguía siendo una herramienta de moda.
No obstante, no todos disfrutaban de las precisas obras maestras disponibles por los reyes y poderosos. Lo habitual es que los relojes se desincronizaran y, siendo un invento principalmente sonoro, produjeran un continuo repiqueteo de campanadas a deshora. Perfecto para recordarle a uno que la muerte estaba cada vez más cerca. En el siglo XVII, cuando el segundero era cada vez más común para recordarle a uno lo que corría el tiempo, la fugacidad de la vida era un tema habitual en los relojes, que lucían cráneos, esqueletos, uróboros o flores que perdían sus pétalos. También lemas como Quaelibet hora ad mortem vestigium ("Cada hora es un paso hacia la muerte"), Vigilate et orate quia nescitis horam ("Contemplad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será la hora", Marcos 13:33), Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres ("Pálida muerte visita con paso imparcial las cabañas de los pobres y las torres de los ricos", Odas I. iv. 13-14, de Horacio) o Tempus edax rerum tuque invidiosa vetustas ("Tiempo, devorador de todas las cosas, y tú, envidiosa vejez, sois devoradoras de todas las cosas", Metamorfosis, XV. 234, de Ovidio).
Notas
- Al igual que quienes trabajaban lo mismo todo el año, como por ejemplo las esposas y madres, había otros que trabajaban por la noche, como las hilanderas, que podían ser explotadas y requerir jornadas maratonianas para sustentarse, y los herreros, encargados de reparar las herramientas agrícolas.
Fuente
- Scattergood, J. (2022). Time’s Subjects: Horology and Literature in the Later Middle Ages and Renaissance.


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