La extinción que se atribuía a la tercera edad evolutiva
Los seres humanos estamos obsesionados con la decadencia. Para nosotros, el pasado siempre fue mejor y el futuro y los jóvenes son cada vez peores, pues hasta sus aficiones son de una degradación absoluta. Si aplicamos este razonamiento a la idea de "raza", ¿por qué no íbamos aplicársela al resto de las especies?
Ortogénesis: a mejor y peor
Deja lo atrasado en el pasado
Este modelo se puede entender en dos sentidos. Por una parte, cuanto más evolucionado, mejor. Esto servía para defender ideas racistas, como que ciertos grupos de humanos están menos evolucionados, especialmente si se percibían facies simiescas, dudándose de sus aptitudes. Esta era la perspectiva preferida por los eugenicistas, frente a la que preveía una decadencia.
Evolucionar lleva a la perdición
En el siglo XIX, se defendía que competición llevaba a la extinción y que esta era inevitable para las especies que no se adaptaban al cambio. En este contexto, se planteó que, al igual que los individuos pierden facultades conforme envejecen hasta su óbito, las especies van degenerándose tras pasar su culmen hasta extinguirse por ello. Para referirse a ello, en 1893, Alpheus Hyatt acuñó el término filogeroncia, pero es más conocido como senescencia racial o senilidad racial, que fue tomando forma en las primeras décadas del siglo XX. Como suele pasar con las creencias acientíficas, se adaptan convenientemente a ideas previas, incluyendo bíblicas, de la decadencia de la humanidad. Se interpretaba que las especies caían como los imperios y las culturas, sucumbiendo a la decadencia como Sodoma y Gomorra.
Como al ser humano le encanta recrearse ante la expectativa de decir con tiempo "te lo dije", aunque sea para una catástrofe que le incluya, era necesario reconocer los signos que presagiaran su destino final. Al surgir en la paleontología, tan solo había que reconocer tales características en las especies extintas: las placas dorsales y los "dos cerebros" del Stegosaurus; la cornamenta del Megaloceros; el cuerno nasal del Synthetoceras; los grandes colmillos del Smilodon; la concha desenroscada de los últimos Ammonites; los cuernos y picos sin dientes de ceratópsidos, como el Triceratops y el Styracosaurus; el cráneo grueso del Pachycephalosaurus; el tamaño de los saurópodos, como el Diplodocus; el cerebro diminuto del Brontosaurus, etc. Los dinosaurios eran los grandes afectados, pues se interpretaban como criaturas lentas, pesadas y torpes, especialmente los herbívoros, aunque los carnívoros tampoco tenían mucho mérito por devorarlos. Arthur Smith Woodward argumentaba que estos cambios eran independientes del medio. Richard Swann Lull razonaba que el crecimiento caótico pudiera deberse a una hiperactividad de la glándula pituitaria en ausencia de elementos como en yodo en su dieta.
La complejidad excesiva se percibía como una sobreespecialización que jugaba en su contra. Arrastraban vestigios que se habían complicado más de la cuenta, convirtiéndose en estorbos que perjudicaban su adaptabilidad a distintos medios. De esta manera, su habilidad para sobrevivir mermaba y desaparecían ante la competición, siendo sustituidas por otras especies y manteniéndose un equilibrio.
Las características de esta hipótesis, que alcanzó el cenit de su popularidad en la década de 1930, estuvieron presentes en la cultura. Un ejemplo es el gryf del valle perdido de Pal-ul-don en Tarzán el terrible (1921) de Edgar Rice Burroughs. Se trata de un descendiente del Triceratops, de por sí decadente, pero además cuenta con tres filas de protuberancias óseas en el dorso y garras en las patas como signos de su deterioro. En Clavos rojos (1936) de Robert E. Howard, estos detalles están presentes tanto en los desaparecidos habitantes de Xucholt como en los monstruos a su alrededor. En ambas historias, tanto Tarzán como Conan representan individuos en su mejor momento, adaptables y con la complejidad justa y necesaria.
Esta hipótesis se mantuvo hasta la década de 1960, pero cayó por dos frentes. Por un lado, se abandonó la imagen de los dinosaurios como criaturas tan pesadas que apenas tenían energías para moverse. Por otro, se descartó su extinción gradual cuando el impacto del meteorito de Chicxulub y la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno.
Fuentes
- Fallon, R. (2024). Decadent Dinosaurs: Directed Evolution in British and North American Literature, 1890s–1970s. Twentieth Century Literature, 70(1), 55-84.
- Shanahan, T. (2011). Phylogenetic inertia and Darwin’s higher law. Studies in History and Philosophy of Science Part C: Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, 42(1), 60-68.
- Gee, H. (2000). In search of deep time: Beyond the fossil record to a new history of life. Cornell University Press.
- Fallon, R. (2021). Reimagining Dinosaurs in Late Victorian and Edwardian Literature (Vol. 132). Cambridge University Press.

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