La decisión de Benjamin Franklin de no inocular a su hijo


Benjamin Franklin (1706-1790) se estableció en Filadelfia en 1723, trabajando en la imprenta de Samuel Keimer. Era una labor para la que tenía experiencia, ya que había sido aprendiz en la imprenta de su hermano desde 1716. Durante esta época, la viruela arrasaba cíclicamente con la población, que se mantenía estable con sus supervivientes hasta que, cuando había nacido una nueva generación y/o llegado nuevos habitantes no expuestos, cualquier contagio se extendía como la pólvora.

Por entonces no existía la efectiva y segura vacuna de Edward Jenner, sino que utilizaban la técnica de la inoculación. Para ello usaban un hilo que se hubiera pasado por la pústula de un enfermo de viruela, secándose y guardándose. Para la variolación o inoculación, se realizaba una incisión y se pasaba el hilo por ella. De esta manera, el sujeto experimentaba una forma más leve de la viruela, aún contagiosa, pero que tenía menor riesgo de morir. En la epidemia de viruela de Boston de 1921, las instrucciones del esclavo africano Onesimus al pastor Cotton Mather años antes ayudaron a enfrentar la enfermedad, a pesar del rechazo que producía lo que consideraban una medicina africana y el miedo a que acelerara los contagios. No obstante, con la técnica el riesgo de morir se reducía del 15% al 2%.

Benjamin y su hermano James Franklin se oponían a la inoculación, ya que aún existía riesgo de morir. Desgraciadamente, en 1736, Francis Folger Franklin, hijo de cuatro años de Benjamin Franklin, enfermó y murió por la viruela. Su padre se arrepintió de no haberlo inoculado. Por esa razón en su autobiografía alentó a otros padres a no cometer su error, ya que no se perdonarían las muertes de sus hijos. Sin embargo, la decisión no era tan sencilla. Aunque el tratamiento conllevaba menor riesgo de morir que la enfermedad contagiada por la vía común, este aún existía. Por otra parte, en ambos casos podía sobrevivir y obtener inmunidad. Además, a pesar de los ciclos de contagio, no toda la población se llegaba a infectar, especialmente aquellos que habían sobrevidido a ella. Por lo tanto, la decisión de inocular se vuelve más o menos crítica según la exposición a la enfermedad, teniendo en cuenta el número de infectados o la capacidad de aislamiento de estos (p.ej. dejar la ciudad).

La cuestión es que, a diferencia de lo que ocurre actualmente con las vacunas, los inoculados son un riesgo para los no inoculados, pues también son contagiosos. Aunque abandonar la ciudad es una opción mejor, al no exponerse ni a los enfermos ni a los inoculados, se debe tener la seguridad de que en el destino no existiría el mismo problema y que ahí o durante el trayecto no se sucumba a algún peligro inexperado. Lo más importante es que incluso siendo una mejor opción bajo ciertas condiciones, los inoculados solo se arriesgan una vez, mientras los no infectados se arriesgan a contagiarse en la próxima epidemia.

Fuente

  • Best, M., Katamba, A., & Neuhauser, D. (2007). Making the right decision: Benjamin Franklin’s son dies of smallpox in 1736. BMJ Quality & Safety, 16(6), 478-480.
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