La fiebre de los bezoares
En el estómago de peces, reptiles y mamíferos, especialmente rumiantes, pueden acumularse materiales, que ni se digieren ni se expulsan, llamados bezoares. Los médicos árabes medievales le otorgaron propiedades extraordinarias, especialmente como antídoto, por lo que en la Edad Moderna se convirtió en una moda entre los más adinerados.
¿Qué es un bezoar?
Un bezoar es una concreción de material apenas digerido en el tracto gastrointestinal. Aquellos compuestos por fibras vegetales, como pieles de verduras, restos de fruta y otras fibras, se llaman fitobezoares; cuando se forman por la ingestión de pelo, son tricobezoares; si es a consecuencia de fármacos, como algunos laxantes, fármacos con recubrimiento entérico o de liberación prolongada, son farmacobezoares; en niños lactantes, se pueden formar lactobezoares. Hay otros elementos que pueden formarlos, como el papel, los metales, cerámicas como el caolín, plásticos, parásitos (Ascaris) u hongos (Candida).
El nombre bezoar proviene del persa antiguo padzahr (پادزهر, "antídoto"; پادـ, pâd, "expulsar"; zahr, "veneno"). Esta palabra llegó al español antiguo como bezahar a través del andalusí bazahr (بَازَهْر), que evolucionó en el español como bezaar, pero cayó en desuso frente el francés bezoar.
Como se creía que las piedras, como los fósiles o el cuarzo, tenían propiedades mágicas, los bezoares no eran una excepción. Al-Biruni (973-1048) describió varios tipos de bezoares, indicando que protegían el cuerpo y el alma del daño, resaltando su defensa contra los venenos. Ibn al-Baitar (1197-1248) recomendaba llevarlos como collar, anillo o masticarlos para contrarrestar el veneno. Otharid ibn Muhammad al-Hakeb era más específico, pues para el veneno de escorpión recomendaba incluir el bezoar en un anillo de oro grabado con la figura del animal y llevarlo cuando la Luna se sitúe en su constelación. Es decir, no solo necesitabas un objeto escaso sino la suerte de que, si te pica el escorpión, sea en el momento adecuado para que coincidan estas condiciones. Al menos, para Chu Yu en Charlas desde Ping-chou (Ping-chou K'o-I'an, 1119), tan solo bastaba chuparlo.
Producto portugués
Aunque llegaron a Europa a través de la península ibérica en el siglo XII, su éxito llegó a través del comercio portugués en Goa (1510-1967), que recibieron una del rey de Cochín. Su comercio previamente apenas se menciona en los textos. Solo M'osder Ibn Mohalhal en su viaje a Tartaria en el siglo X la mencionaba junto con piedras que hacían llover, que detenía las hemorragias nasales, los cólicos o los cortes de espada.En Goa se publicaría Colóquios dos simples e drogas he cousas medicinais da Índia e assi dalgũas frutas achadas nella onde se tratam algũas cousas tocantes a medicina, pratica, e outras cousas boas pera saber (1563) de García de Orta. Se trataba de una obra donde conversa con Ruano, un compañero ficticio, en 57 conversaciones sobre medicina tropical. Charles de L'Ecluse tradujo la obra de García de Orta al latín en 1567, produciendo varias ediciones. El médico portugués Cristovaõ da Costa lo tradujo al español en Tractato de las drogas y medicinas de las Indias Orientales (1578). En 1602 se tradujo al francés.
Comenta que estuvo en contacto con los médicos árabes (hakuma) e hindúes (vydias), quienes usaban bezoares. Los árabes usaban bezoares de los estómagos de machos cabríos salvajes (Capra aegaprus hircus) y los hindúes de la vesícula biliar de puercoespín, sea puercoespín malayo (Hystrix brachyura), de cola larga (Trichys fasciculata) o de espinas gruesas (Hystrix crassispinis). Ambas eran muy valoradas, pudiendo venderse las primeras a 32000 reales y siendo las segundas apreciadas por el virrey de Portugal. No todas valían lo mismo y advertía sobre las falsificaciones. Los bezoares de cabra tenían un color de berenjena, mientras los de puercoespín eran piedras bermellón, de sabor amargo y tacto como un jabón francés. Según Jean-Baptiste Tavernier (1605-1689), los habitantes de Golconda, en la India, palpaban el vientre de las cabras, probablemente domésticas, para estimar el número y tamaño de los bezoares presentes.
Nicolás Monardes (1508-1588), quien escribió sobre enfermedades tropicales y dio a conocer medicinas americanas en Europa, fue entusiasta de los bezoares. El Nuevo Mundo abrió el mercado a bezoares de pavos, jabalíes y roedores, como los castores, pero los bezoares españoles no eran tan valorados como aquellos obtenidos por los portugueses en las indias orientales. No solo eso, sino que el sudeste asiático que proporcionaba los bezoares se convertiría en terreno para las Compañías de las Indias Orientales de distintas potencias. A pesar de ello, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales solo comerciaba con ellos por encargo, pues debían obtenerlas con trueques con los nativos, había muchas falsificaciones y consideraban que no merecía la pena el esfuerzo.Panacea
Los bezoares tenían multitud de usos. Se pulverizaban para espolvorearse sobre otros fluidos y preparar un cordial, es decir, una bebida tonificante. Se contaba que los ricos príncipes indios se tomaban estas bebidas en marzo y septiembre para prevenir futuros males, sufriendo una fiebre purgante pero revitalizándose para la guerra y el amor.
João Rodrigues de Castelo Branco (1511-1568), conocido como Amato Lusitano, aseguraba que el bezoar de cabra trataba el envenenamiento con un sublimado corrosivo, siendo una propiedad alexifármica común al cuerno de unicornio y la más tenida en cuenta, pues también se adquiría como amuleto contra el envenenamiento, sin necesidad de consumirlo. Recordaba que, en Kitāb al-Taysir fi ad-madawat wa-al-tadbir, Avenzar contó que beber un bezoar le salvó de la muerte. Lusitano añadió que curaba la ictericia y era emético (inducía vómitos) y diaforético (sudor).
En Gemmarum et Lapidum Historia (1609), Anselmus de Boodt, médico de cámara del emperador Rodolfo II de Habsburgo, otorgaba propiedades terapéuticas a las gemas. Entre ellas, aparte de los efectos mencionados, añadía su utilidad en el tratamiento de heridas, infecciones, fiebres pestilentes, las enfermedades cutáneas, la lepra árabe, la elefantiasis de los griegos, la sarna, el picor, las erisipelas, fiebres intensas y la epilepsias. En el cordial, lo recomendaba para las cardiopatías y los trastornos depresivos o melancólicos.
Cuando João Curvo Semedo introdujo en Portugal la quinina para curar las fiebres de la malaria, seguía recomendando los bezoares disueltos en un cordial para aquellas fiebres que no cedían por esta. El cordial que realizaba contenía bezoares de puercoespín de Malaca (Malasia), de serpiente de Cananor (India), triacas y mitridato, siendo estos dos últimos una enorme y codiciada combinación de fármacos. Comentó que en la India usaban unas piedras para aplicarlas sobre las mordeduras venenosas. Consideraba que se obtenía de las cabezas de reptiles, pero realmente era una combinación de tierras especiales.
A finales del siglo XVII, los jesuitas portugueses en Goa, gracias a Gaspar Antonio, fabricaron la piedra artificial para cubrir la escasez del producto natural. En Collecçao de Receitas de la Biblioteca Jesuita en Roma
(1776), indica cómo hacer piedras de Goa. Una de las recetas, envueltas en secretismo, de la Botica do collegio de Macao, incluía ámbar, almizcle y piedras preciosas como esmeraldas, rubíes, zafiros, topacios, granates, coral blanco y rojo, marfil, virutas de cuerno de unicornio, cuerno de venado, bezoar oriental así como terra sigillata, una tierra popular en tiempos clásicos. La cantidad de bezoar fue reduciéndose en recetas posteriores, valorándose tanto como los de serpiente.
Precios
Había varios factores que influían en el precio de los bezoares, como el animal de procedencia, sus condiciones de vida, el órgano que lo produjo y la apariencia, tamaño, dureza y peso del bezoar. En el puercoespín solían pesar unos 7 g, pudiendo valer 40 veces su peso en oro. Según Jacob Bontius (1592-1631) y Pierre Pornet (1658-1699), los bezoares de mono eran los más codiciados, pues eran los menos comunes, pesando 4-5 g y pudiendo valer 100 escudos franceses, es decir, 650 veces su peso en plata.
Los precios de los bezoares de rumiantes eran más variables, pero eran equivalentes a una joya. En teoría, las cabras eran salvajes y de Persia, de donde prodecían o, más bien, desde donde se comerciaba antes de la intervención portuguesa. Estas cabras debían alimentarse de plantas aromáticas, como el azafrán, que crecía en las montañas persas, incrementando las cualidades medicinales de los bezoares. Aunque las domesticadas no habían consumido estas plantas, en la práctica eran la principal fuente de bezoares. Pedro Teixeira, que viajó durante dos décadas por Asia, clasificó a los bezoares de Persia como los mejores, seguidos por los de la Ilha das Vacas, Malaca, Pahang, Patani, Sunda y Maniar Macen (probablemente Banjarmasin, Borneo).
Los precios que llegaron a alcanzar fueron estratosféricos. Tavernier pagó 18 kg en monedas de plata por un bezoar de unos gramos. James Boyajian indica que los bezoares típicos se vendían en Lisboa por unos 200 cruzados. En el 25 de septiembre de 1608, Victor Sprinkel, de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, compró seis bezoares por 38 florines, 7 stuiver y 6 penning. En el Witte Leeuw debía transportarse una cesta con 14 bezoares y un bolso con 480,5 quilates de diamantes, que valían 66438 florines, pero se quemaron en el almacén en 1612. Para ponerlo en perspectiva, el cargamento de especias que se perdió en el naufragio del mismo barco en 1613 valía 87705 florines.
Tesoros
Con estas propiedades tan extraordinarias, su demanda y la necesidad de seleccionarlo e importarlo desde la otra punta del mundo, su precio llegó a decuplicar al del oro, como el bezoar del tamaño de un huevo que compró por 130 ducados Gracia Mendes Nasi (1510-1569) al virrey portugués en la India. No es extraño que el banquero Philip Eduard Fugger recomendara confiar siempre en el bezoar. Christoff Hieblin (Hyeble) expresaba en 1598 la paranoia de la realeza y los aristócratas más poderosos de ser envenenados y contar, a cualquier precio, con un bezoar. No era un miedo infundado. El arsénico blanco se usaba a menudo contra las ratas, por lo que siempre estaba accesible para quienes quisieran acabar con una rata grande. La creencia de que un veneno podía alejar a otro o incluso a la enfermedad no ayudaba. Tampoco su presencia en maquillajes.
Gracias a este temor, se conservan bezoares en elaborados recipientes de materiales preciosos, como oro y plata, y exóticos, como cuernos de unicornio y rinoceronte, de propiedades similares. Como se preferían redondos, había joyeros en Cochín que las pulían. Por citar algunos ejemplos, tenemos el bezoar de puercoespín obtenido por Carletti a 5 veces su precio en oro, que regaló en 1608 Fernando I de Médici, gran duque de Toscana, a Leonor de Médici, duquesa consorte de Mantua; Isabel de Inglaterra tenía una en oro y cuerno de unicornio; su sucesor Jacobo I de Inglaterra, VI de Escocia, regaló varios al príncipe de Gales y al duque de Buckingham cuando estaban en España en 1623; el duque de Alba en el galeón Nuestra Señora de Atocha, hundido en 1622 por un huracán, tenía una copa de oro con un bezoar encadenado que, aparentemente, mostraba si la bebida contenía veneno; un coco (Cocus nucifera) tallado de Sri Lanka de la segunda mitad del siglo XVI, con cuerno de rinoceronte, plata dorada y citando a Salmo 42:2, también contenía un bezoar; de la misma época, procede un pendiente con una piedra de Goa envuelto en filigrana de oro lleva el escudo del duque de Alba.
Si no podías pagarlo, podías alquilarlo. Michael Bernhard Valentini menciona que farmacéuticos alemanes alquilaban bezoares de puercos en jaulas de oro y las alquilaba a un ducado por día.
Declive
Al ser escasos y muy caros, en primer lugar, no podía permitirse tenerlos cogiendo polvo, por lo que, como contaba Gaspar Bautin en su monografía de más de 300 páginas sobre los bezoares, los médicos de la corte se veían presionados a utilizarlos. Este mismo autor criticaba las falsificaciones que podían contener sustancias tóxica como el cinabrio, el azogue o el antimonio. Ambroise Paré condenaba el uso de la mumia, es decir, el consumo de momias, y desconfiaba de las bondades de los bezoares. Contó que, en 1575, un médico de su corte robó cubertería de plata, acordando recibir veneno y ser tratado con bezoar, pero murió agonizando 6 horas después.
Al haber muchísimas más falsificaciones que bezoares genuinos, se forzó a aumentar la trazabilidad y autenticidad del producto. Por ejemplo, en un caso, en lugar de extraerse de un rumiante de las montañas de Persia, procedía de una iguana de Yucatán. Las de cerdo solían confundirse con las de puercoespín. Eso generaba opiniones como la del químico Frederick Slare, que consideraba que no había bezoares genuinos. Aunque no era cierto, no era una opinión desinformada, pues coleccionó dichas piedras, las analizó, consultó con expertos que hubieran servido en la India o el sudeste asiático, pero no obtuvo una respuesta esperada y acusó a varios miembros de la Royal Society de Londres de aprovecharse económicamente de la desesperación de los enfermos.
Sus propiedades extraordinarias, cuya aplicación fue ampliándose, fueron cuestionándose cada vez más en el siglo XVIII y, en el siglo XIX, el fin de la medicina hipocrática dejó de recomendarse y, como indicaron Mateo Orfila (1787-1853) y Jean-François La Harpe, ni siquiera se incluían en tratamientos de envenenamiento, ni en aquellos contra el arsénico.
Fuentes
- Barroso, M. D. S. (2013). Bezoar stones, magic, science and art. Geological Society, London, Special Publications, 375(1), 193-207.
- Pardo-Tomás, J. (2021). Bezoar. New World Objects of Knowledge, 195.
- Paschos, K. A., & Chatzigeorgiadis, A. (2019). Pathophysiological and clinical aspects of the diagnosis and treatment of bezoars. Annals of gastroenterology, 32(3), 224.
- Duffin, C. J. (2013). Bezoar stones and their mounts. Jewellery History Today, 16(Winter 2013), 3-4.
- Borschberg, P. (2016). The Euro-Asian trade in bezoar stones (approx. 1500 to 1700). In Artistic and cultural exchanges between Europe and Asia, 1400-1900 (pp. 47-62). Routledge.

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