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El programa espacial jacobino del siglo XVII

En 1964, Zambia intentó adelantar a Estados Unidos en su carrera espacial, pero varios siglos antes, concretamente en el siglo XVII, John Wilkins, fundador de la Royal Society, pensó en conquistar el satélite terrestre.


Inspirado por de los viajes de Colón, Drake y Magallanes, así como el libro Somniun (1634) de Kepler, en 1638, con 24 años, escribió The Discovery of a New World in the Moone, donde compartió la idea de que los demás planetas debían estar habitados. Al fin y al cabo, las observaciones de Galileo habían mostrado que el paisaje lunar, con sus llanuras y montañas, se parecía al terrestre. Deseaba ver a los selenitas, como los llamaba, y comerciar con ellos. Escribió:
En las primeras edades del mundo los isleños creían que eran los únicos habitantes de la Tierra o, si hubiera otros, no tendrían posibilidad de concebir cómo podrían comerciar con ellos, siendo separados por el profundo y amplio mar.
Pero los tiempos posteriores descubrieron la invención de los barcos, en la que no obstante más que los hombres más valientes se arriesgarían a aventurarse, habiendo pocos determinados a encomendarse al vasto océano y ¿aún tan fácil es esto, incluso para una naturaleza tímida y cobarde?
Así que, quizás, hay otros medios inventados para un transporte a la Luna, y aunque puede parecer una cosa terrible e imposible pasar a través de los vastos espacios del aire, sin duda habría hombres que se aventurarían tanto en esto como en lo otro.
Dado que aún deberían pasar muchos años para que Newton describiese la gravedad, Wilkins consideraba que era un tipo de fuerza magnética la que mantenía la que producía una atracción hacia la Tierra. Los cálculos derivados de la iluminación del cielo tras la puesta de Sol en el crepúsculo, la comprobación a través de la trigonometría de las alturas de las nubes y la refracción de las imágenes estelares en el horizonte y meridiano, intentando evaluar el valor para la cambiante densidad del aire en altura, le llevaron a la conclusión de que si sobrepasaba los 32 kilómetros de altura, se vería liberado de la influencia terrestre.
La nave espacial para alcanzar tal logro habría sido digna de las invenciones de Leonardo da Vinci. Estaría diseñado como un barco pero con engranajes, muelles y un par de alas. El motor para moverlo funcionaría a base de pólvora. Calculó que si 20 hombres pagaban cada uno 20 guineas para pagar a un buen herrero, se podría ensamblar el artefacto.
Gracias a la experiencia de los montañeros, se conocía la disminución progresiva de oxígeno conforme de asciende en altura. Wilkins explicaba que esto se debía a que no estaban acostumbrados a respirar el aire puro que respiraban los ángeles. Por ello, los astronautas debían estar acostumbrados a él para poder viajar a la Luna. Usando referencias bíblicas, dedujo que el frío en las montañas se debía al contacto de las nubes, formadas a partir del agua que se crearon en el segundo día de la creación, antes que el Sol. Por lo tanto, precedían al calor. Argumentaba que una vez sobrepasadas, los astronautas se encontrarían con una temperatura templada. El hambre tampoco suponía un problema, ya que lo consideraba un problema de la naturaleza espiritual del hombre y la influencia de la Tierra, pero una vez libre de los deseos corruptos de esta, el hambre cesaría.

Wilkins creía que volar era cuestión de constancia, trabajo duro e ingenio. Discutió varias maneras de llegar a la Luna. La primera era el uso de espíritus, como el protagonista de Somnium, Simón el mago en Roma y por las brujas. El segundo método era el uso de aves voladores entrenadas para llevar a un viajero, como en The man on the Moone de Francis Godwin, aunque admitía que aún debía descubrir pájaros con la fuerza necesaria para tal proeza. El tercer método eran las alas artificiales, como las de Eilmer de Malmesbury. El último método era el carro volador, del que no proporcionaba dibujos ni descripciones detalladas.

John Wilkins intentó construir esta máquina voladora junto con Robert Hooke en los jardines del Wadham College en Oxford en torno a 1654, pero en la década siguiente comenzó a entender que el viaje no era tan sencillo como pensaba. Para 1687, la esperanza de encontrar un lugar a 32 kilómetros de altura donde acabara la influencia de la Tierra se había acabado.

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