La transformación de Satanás, de ángel a diablo

Enorme Satán devorando a pecadores y pariéndolos por la cara en la ingle.

Satán nació como chivo expiatorio de Yahvé. Al convertirse en el principal mal, era inevitable que, como los ángeles, necesitara ser reconocible. Por ello, Satanás fue cociéndose a fuego lento, transformándose para reflejar una realidad: el diablo es nuestro propio reflejo.

Desarrollo 

San Miguel lucha contra Satán en el Libro de horas de Étienne Chevalier

En la Biblia, Pablo de Tarso es el único en mencionar su aspecto al indicar que Satán se disfraza como ángel de luz (2 Corintios 11:14), es decir, indistinguible de otros ángeles. En el Apocalipsis de Juan (Apocalipsis 12:3, 9), se presenta como un feroz dragón rojo de siete cabezas, siete diademas y diez cuernos, que se identifica por primera vez como la serpiente tentadora del Edén. En retrospectiva, al ser la contraposición al orden divino, también se identificaba con el leviatán. Los bestiarios destacarían cualidades de los animales en el ámbito religioso, tanto positivas como negativas. Del mismo modo que el león y el cordero eran símbolos de Cristo, otros se asociaban con Satán, como las serpientes, el dragón, el lobo, el zorro, el halcón, el cuervo, la perdiz y el aspidoquelonio. En otros textos podía aparecer como cabra, perro, mono, camello, gato, abeja, mosquito, oso, jabalí, toro, liebre, hiena, leopardo o búho, entre otros. Esta dificultad para representarlo directamente iba en consonancia con la propia naturaleza de los ángeles, que en el Nuevo Testamento tan solo se distinguían por sus ropas brillantes y no tenían alas. La propia sustancia que formaba al príncipe del aire era objeto de debate, definida por Tertuliano de Cartago y Orígenes de Alejandría como tenue y ultrarrefinada, mientras para Tomás de Aquino era totalmente inmaterial.

Primera representación de Satán como un ángel azul a la izquierda de Cristo.

Inicialmente, se representaba de forma abstracta y limitada, como codificaba el credo niceno (325), pero la legalización de Constantino en el 313 y la oficialización del cristianismo por Teodosio I en el 380 expandió la iconografía. Su primera representación humanoide reconocible ocurre en el mosaico del 520 d.C., que trata la parábola del juicio final (Mateo 25, 31-46), situado en la basílica de San Apolinar el Nuevo en Rávena, Italia. El ángel a su diestra es rojo y está acompañado por ovejas. El ángel a su siniestra es azul y está acompañado por cabras. Este último sería Satán, compartiendo su halo como símbolo de poder, no de santidad.

Cristo sobre el templo y bajo dos ángeles. A su izquierda, hay una figura negra alada.
El número y variedad de imágenes satánicas crece con la popularidad de las homilías y las historias de las vidas de los santos a partir del siglo IX. En el libro de Kells, que muestra influencia de la iconografía bizantina, se ilustra el episodio de la tentación de Jesús (Mateo 4:1-11; Lucas 4:1-13) donde Satán le desafía a saltar desde el pináculo del templo para que los ángeles paren la caída. El diablo se muestra como una figura negra alada, sin apenas detalles, a diferencia de los ángeles sobre Cristo. 

Jinetes del Apocalipsis en Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana.
En cambio, se muestra más detallado en las ilustraciones del Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana, detrás de los cuatro jinetes, aunque cada manuscrito cambie su aspecto y color, oscilando entre una apariencia humana o animal, pero siempre oscuro y peludo. En el manuscrito anglosajón Junius, está atado en el infierno, mientras sus puertas, en forma de una gran boca, se trata a un ángel rebelde. El misal de Leofric, obispo de Exeter, le incorpora cuernos. Estos serían comunes en el siglo X, junto con las garras y la cola. Se expondría como líder de un séquito de demonios, que usaría los tridentes u horcas para atormentar a los pecadores, o junto a la muerte, compañía que frecuentaría menos desde el siglo XI. A pesar de estos detalles, no hay que esperar una apariencia unificada del diablo, pues con su multiformidad expresa su capacidad de engañar. Muestra de ello son los poemas en inglés antiguo Salomón y Saturno, donde se describe en quince formas, incluyendo un niño. Aparte, los artistas solían anteponer la estética o composición a la teología, por lo que hay menos motivos para la uniformidad.

Tímpano de la iglesia de Santa Fe de Conques, Francia.

Su enfrentamiento al orden divino se manifestaba en su anatomía perversa, pues a las características animales se le añadían las distorsiones, como alas o caras en posiciones antinaturales, como la ingle, el trasero o múltiple, imitando la Trinidad divina. Se asentó una posición dualista, con Satán y los demonios como monstruos en el infierno, que era una inversión del cielo. Así lo ilustra en la escena del Juicio Final del tímpano de la iglesia abacial de Santa Fe de Conques, donde Satán preside sobre los condenados, a la izquierda del Señor, como Abraham a su derecha bendiciendo las almas (Lucas 16:22-23).

Virgen y el diablo The De Brailes Hours
El auge de las reliquias y las rutas de peregrinación en los siglos XI-XII impulsa a los monasterios a competir por atraer a los peregrinos. Se trata de un periodo de gran poder eclesiástico donde aumentan las imágenes exhortatorias y las ideas respecto a la naturaleza diabólica dejan de confinarse en los muros monacales. En el siglo XII, las alas del diablo, si están presentes, se muestran membranosas, sin plumas. En el siglo siguiente, las copias ilustradas de la leyenda de Teófilo de Adana o Cilicia adquirieron gran popularidad. Por un lado, mostraban que la Virgen María podía interceder para hacer frente al diablo, a quien el santo vendió su alma, pero también reforzó el antisemitismo, pues un judío aparecía como intermediario demoníaco. En consecuencia, la Virgen y los judíos se convirtieron en personajes habituales en las ilustraciones de Satán, ganándose incluso su nariz aguileña. Esta asociación del diablo con los judíos no era nueva, pues siglos atrás la presentó Juan Crisóstomo.

El diablo tricéfalo, masticando los pecadores, en el Juicio Final de Giotto di Bondone en la capilla de los Scrovegni, en Padua, influiría al diablo gigante de la Divina comedia, ilustrado por Sandro Botticelli. De nuevo, Satán y el infierno sirven como contraste, reflejado en el caos, sus colores y su anatomía. La boca inguinal, que lo emascula y pare pecadores, imita la capacidad dadora de vida de Cristo.


En el Renacimiento, la Reforma protestante, los exorcismos y la caza de brujas se experimentarían cambios drásticos. En el primero porque se miraría a los clásicos y a los cuerpos desnudos ideales, especialmente en Italia. La Reforma obligó a los artistas a dedicarse a encargos seculares, privados o propagandísticos. La xilografía de Erhard Schön del diablo tocando una gaita, instrumento pecaminoso, con la cabeza de un monje podría considerarse una parodia de Lutero si no fuera por el texto que indica que el diablo lamenta que la reforma le ha arrebatado la capacidad de manipular al clero. 

Príncipe del infierno en el jardín de las delicias.

El contraste entre católicos y protestantes se manifiesta en sus obras. Desde el lado católico, tenemos ejemplos como San Miguel venciendo a Satán de Rafael, con un Satán derrotado pero musculoso, y La caída de los ángeles rebeldes de Frans Floris, donde los demonios son musculosos pero con cabezas de animales. Desde el lado protestante, tenemos La tentación de San Antonio en el altar Isenheim de Matthias Grünewald, donde los demonios son repulsivos y putrefactos, resultado patológico de sus pecados; San Wolfgang y el diablo de Michael Pacher; El tormento de San Antonio de Martin Schongauer; La tentación de Cristo de Maestro L. Cz.; Caballero, Muerte y el Diablo de Durero y La caída de los ángeles rebeldes de Pieter Brueghel el Viejo, que no los humaniza, como hizo previamente el Bosco en El jardín de las delicias.

Los milagros de San Ignacio de Loyola, de Rubens.

En el barroco, la iglesia católica usó el arte como herramienta revitalizadora de la fe. Los demonios de cola serpentina van desapareciendo y se refuerzan los exorcismos, tanto en el catolicismo como en protestantismo. Al fin y al cabo, si una rama se muestra más eficaz en combatir los demonios, demuestra su supremacía religiosa. En cambio, las ilustraciones de los aquelarres mostraron al diablo como un macho cabrío como sacerdote de una misa satánica, flanqueado por dos reinas, donde se baila desnudo, se sacrifican niños y participan ricos y pobres, que se unen en un festín caníbal que parodia la misa y la última cena.

Aquellarre de Goya.

Con la Ilustración, y el posterior decadentismo y simbolismo, Satán se convirtió en un símbolo versátil del potencial humano para el mal, la decadencia social o de las emociones e imaginación creativa de los artistas, del conflicto y corrupción políticos, de la revolución contra la tiranía y la desigualdad económica. 

Imagen como cabra antropomorfa

El diablo como cabra antropomórfica, con cuernos y pezuñas, se atestigua en Europa occidental a partir del siglo XI. En oriente, hay ejemplos aislados como Vita Basilii 22, donde unas figuras que cantan y tocan como sátiros se mofan de las procesiones eclesiásticas, pero no son demoníacas. Por eso se suele argumentar que se trata de una demonización del dios griego Pan, pero, a priori, dicha hipótesis no tiene más peso que, por ejemplo, el celta Cernunnos.

Influencia hebrea 

En la tradición hebrea hay figuras que encajan con el demonio caprino. En primer lugar, Orígenes de Alejandría identifica al ángel caído Azazel, mal principal en el libro de Enoc (1 Enoc 8:1; 9:6; 10:4-8; 13:1-2; 54:5; 55:4; 69:2), con Satán, que en el Levítico era el lugar donde los judíos enviaban al chivo expiatorio. 

En segundo lugar, los se’īrīm eran machos cabríos, aparentemente venerados por los israelitas (Levítico 17:7; 2 Crónicas 11:15), que bailaban en las ruinas de Babilonia (Isaías 13:21; 34:14), mencionados en los tárgumin, interpretación aramea de la Biblia hebrea; en la Peshitta, la interpretación siríaca, y el Apocalipsis griego de Baruc. La Septuaginta los interpreta (Isaías 34:14) como demonios y onocentauros, dándole piernas de asno como las onoskelis del Testamento de Salomón (4:2-3) y el arconte gnóstico Onoel referido por Orígenes. Los tárgumin, el Peshitta, los Tanaim y la Vulgata los alude como demonios o daemones, en el último caso. En el Levítico Rabá, además lo vincula a los hijos de los malvados (Job 21:11), que bailan sin sufrir por sus malos actos. En el Apocalipsis griego de Baruc, son constructores de la torre de Babel. En su comentario sobre Isaías, Jerónimo de Estridón los traduce como "peludos", definiéndolos como una raza de íncubos, sátiros u hombres salvajes que pertenecen a la raza de los demonios. En la Tosefta, se describe uno terrorífico con cabeza de ganado, orejas de cabra, cuernos de ciervo y cola entre las piernas cerca de Jerusalén. A pesar de esto, los detalles sobre su aspecto son muy esporádicos para asumir un vínculo satánico.

Pan y sátiros

La competición entre Apolo y Pan, de Hendrick de Clerk.

En los primeros siglos del cristianismo, los sátiros podían aludirse indistintamente como demonios o daemones por autores cristianos, sin que supusiera una condena mayor que las referencias a otros dioses grecorromanos. Clemente de Alejandría señala por igual el libertinaje de Zeus, el abrazo de Afrodita, las labores de Heracles o las posturas de Filénide de Samos. Por ello, considerarlo un demonio no implicaba que fuera mal visto. Porfirio incluso consideró a Pan un buen demonio, idea que cuestiona Eusebio de Cesarea por los sustos mortales que provoca. En Vida de Pablo el Ermitaño, Jerónimo de Estridón indica que uno ofreció dátiles en son de paz a Antonio para que pudiera continuar su viaje y le imploró rezar con los suyos a su Señor común. El extremo de esta perspectiva la presenta Ireneo de Lyon, quien indica que los gnósticos valentinianos identificaban a Pan con Cristo porque este último poseía todos (griego: πᾶν, pan, "todos") los nombres de aquellos que lo generaron

En las creencias griegas no hay una dicotomía entre el bien y el mal, es decir, no hay personificaciones de estas cualidades. A pesar de sus excesos y transgresiones, Pan no era una excepción y no vulneraba las leyes humanas ni naturales. Si bien es cierto que los híbridos, como los centauros y gorgonas, son despreciados como bárbaros, había deidades híbridas apreciadas, como Deméter Melena y Eurínome.  Pan era capaz de salvaguardar el bien, como en Fábulas de Higino, donde Egipán salvó a los dioses de la ira de Tifón convirtiéndolos en animales.

Pan, con sus características humanas y animales, se situaba en el límite de la civilización, en caminos lejanos, pastos y montañas, especialmente de Arcadia. No obstante, tras la batalla de Maratón, se expande su culto urbano desde Atenas, situándolo en cuevas. Como es habitual en las figuras en el límite, en lo ambiguo, se encontraba en una posición propicia para transgredir las normas, que no implica maldad. Es una transgresión que cumple con su música espontánea y extática, libre de formalidades, que conduce a olvidar las normas y acerca a los humanos a los dioses. Este sería uno de los puntos que, a ojos cristianos, lo asociaría con el diablo. Satán también estaba presente en los límites, como en las tentaciones a Jesús y Antonio en el desierto. Aunque el dios cabra no sea cruel ni dañe, la panolepsia y el pánico, es decir, la posesión por Pan y el terror que infunde, se compararon con la posesión demoníaca.

El cristianismo lo condenado por su sexualidad. A pesar de ello, no era un violador reincidente como otros dioses; está más próximo a las mujeres, aunque sus relaciones con Pitis, Eco y Siringa fueran un fracaso; en Dyskolos de Menandro, Pan media para que Sóstrato y la hija de Cnemón puedan casarse y defiende el amor inocente en Dafnis y Cloe de Longo.

En De defectu oraculorum de Moralia, Plutarco debate a través de Filipo sobre la moralidad de los daemones, Según este, Emiliano el rétor embarcó en torno a las islas Equínadas a Italia. Cerca de Paxos, alguien llamó a gritos al timonel egipcio Tamus, que le respondió la tercera vez que le llamó, diciéndole que "cuando estés frente a Palodes anuncia que el gran Pan ha muerto". Así lo hizo, escuchándose un gran sollozo. La historia llegó a oídos del emperador Tiberio y sus filólogos le indicaron que no había muerto el Pan cabra, signo de Capricornio al que pertenecía Augusto, sino el hijo de Hermes y Penélope. Este misterioso relato generó muchas interpretaciones. Eusebio de Cesarea concluye que todos los demonios murieron entonces porque coincidieron con la época de Cristo. En cambio, para Rabelais, dicho gran Pan era la transfiguración de Cristo.

Fuentes

  • Brunel, J. (2016). La représentation iconographique du diable à l'époque moderne en Europe (Doctoral dissertation, éditeur inconnu).
  • Russell, J. B. (1995). Lucifer: el diablo en la Edad Media. Laertes. 
  • Raiswell, R., Brock, M. D., & Winter, D. R. (Eds.). (2025). The routledge history of the devil in the western tradition. Routledge. 
  • Beal, J. (2025). The Devil’s Threat in Medieval Bestiaries: Recognizing and Resisting Evil in the Dragon, Serpent, Wolf, Fox, Ape, Whale, Hawk, Partridge, and Raven.
  • del Olmo, M. C. C. (2015). Entre Pan y el Diablo: el proceso de demonización del dios Pan. Dialogues d'histoire ancienne, 411(1), 47-72. 
  • Kulik, A. (2013). How the Devil Got His Hooves and Horns: The Origin of the Motif and the Implied Demonology of 3 Baruch1. Numen, 60(2-3), 195-229. 
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